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¿Quién es la dueña de estos piececitos escuálidos? La muerte.
¿Quién es la dueña de este espinoso rostro como chamuscado? La muerte.
¿Quién es la dueña de estos pulmones paralizados? La muerte.
¿Quién es la dueña de este abrigo de músculos? La muerte.
¿Quién es la dueña de estas innombrables entrañas? La muerte.
¿Quién es la dueña de este discutible cerebro? La muerte.
¿De toda esta turbia sangre? La muerte.
¿De estos ojos apenas útiles? La muerte.
¿De esta lengüecita traviesa? La muerte.
¿De esta vigilia esporádica? La muerte.
¿Dado, robado o retenido pendiente de juicio? Retenido.
¿Quién es la dueña de la tierra lluviosa o pétrea? La muerte.
¿Quién es la dueña de todo el espacio? La muerte.
¿Quién es más fuerte que la esperanza? La muerte.
¿Quién es más fuerte que la voluntad? La muerte.
¿Quién más fuerte que el amor? La muerte.
¿Quién más fuerte que la vida? La muerte.
Pero, ¿quién es más fuerte que la muerte? Yo, evidentemente.
En una muy reciente entrevista que el poeta y traductor Jordi Doce le hace al premio Nóbel de literatura irlandés Seamus Heaney, se encuentra un interesante comentario sobre la traducción y los poetas traductores y de cómo la preferencia de la traducción de un determinado poeta puede llegar a alterar la tradición literaria del país al que se traduce dicho poeta. Están hablando en concreto de cómo en los países anglosajones existen multitud de traducciones de la Divina Comedia de Dante realizadas por poetas, mientras que, en las letras españolas tan sólo hay un par de casos relevantes. Sin embargo, sí encontramos ejemplos en nuestras letras de traducciones numerosas de los poemas de Petrarca. Si Dante ejemplifica un tipo de poesía lírica con un fuerte componente narrativo, una cualidad casi prosaica del lenguaje, y cierta simplicidad en las imágenes, Petrarca por contrario ejerce una poesía altamente elaborada, con unos patrones metafóricos muy osificados y monolíticos, resultando en una poesía más concentrada, más “heráldica” dice Heaney en la entrevista, y pone un ejemplo que puede resultar interesante: el caso de Thomas Wyatt.
Thomas Wyatt (1503-1542) fue un escritor del renacimiento inglés que realizó varias versiones de algunos sonetos de Petrarca introduciendo así por primera vez el soneto en el mundo anglosajón. Heaney llama la atención sobre uno en concreto en el que se trata la caza de una cierva. Dice Heaney que mientras en Petrarca la cierva es un objeto heráldico, un mito estático, en el caso de Wyatt se transforma en una cierva real en un bosque real y que simboliza un objeto de deseo inalcanzable, quizá refiriéndose a Ana Bolena, con la que se decía mantenía una relación secreta.
Veamos el poema italiano, su traducción al español, y la versión de Wyatt que será la que traduciré yo para comparar ambos sonetos finales; por un lado la traducción del italiano original, por otro la traducción que haré de la de la versión inglesa del propio Wyatt.
Sonetto XCX
Una candida cerva sopra l’erba
verde m’apparve con duo corno d’oro,
fra due riviere all’ombra d’un alloro,
levando ‘l sole a la stagione acerba.
Era sua vista si dolce superba
ch’ i’ lasciai per seguirla ogni lavoro,
come l’avaro che ‘n cercar tesoro
con diletto l’affanno disacerba.
“Nessun mi tocchi,” al bel collo d’intorno
scritto avea di diamanti et di topazi.
“Libera farmi al mio Cesare parve.”
Et era ‘l sol gia volto al mezzo giorno,
gli occhi miei stanchi di mirar, non sazi,
quand’ io caddi ne l’acqua et ella sparve.
Traducción del soneto de Petrarca (en Petrarca, F., Cancionero, trad. Jacobo Cortines, Madrid: Cátedra, 1984, p. 611)
Sobre la hierba, cándida una cierva
con sus dos cuernos de oro vi mostrarse,
debajo de un laurel, entre dos ríos,
saliendo el sol en la estación florida.
Era mirarla una visión tan dulce
que dejé toda cosa por seguirla;
como el avaro que al buscar el tesoro
endulza los afanes con deleite.
«Nadie me toque —en torno al cuello escrito
con diamantes tenía y con topacios—:
a mi César le plugo hacerme libre».
Y ya alcanzaba el sol el mediodía,
cuando aún sin saciarme de mirarla
caí en el agua, y vi que ya no estaba.
Thomas Wyatt
Whoso list to hunt, I know where is an hind,
But, as for me: helas, I may no more.
The vain travail hath wearied me so sore,
I am of them, that farthest cometh behind.
Yet may I by no means my wearied mind
Draw from the deer; but as she fleeth afore
Fainting I follow. I leave off therefore,
Since in a net I seek to hold the wind.
Who list her hunt, I put him out of doubt,
As well as I, may spend his time in vain.
And, graven with Diamonds, in letters plain,
There is written, her fair neck round about: Noli me tangere, for Caesar’s I am,
And wild for to hold - though I seem tame.
Mi versión del soneto de Wyatt
Quien desee cazar, sé do hay una cierva,
en cuanto a mí, ay, ya no puedo más.
El vano esfuerzo me ha dejado exhausto,
y soy de los últimos que van detrás.
En ningún modo aparto de la cierva
mi cansada mente; y cuando avanza
la sigo y me desmayo. Abandono, pues
con una red intento atrapar el viento. (el viento atrapar)
Quien la quiera cazar, le quito dudas,
al igual que yo, gastará su tiempo.
Grabado con joyas y letra clara,
escrito lleva en el hermoso cuello: Noli me tangere, pues soy del César,
y ardua de atar, aunque mansa parezca.
Mi padre se fue de casa cuando tenía tres años
y no nos dejó mucho ni a mi madre ni a mí
solo esta vieja guitarra y una botella vacía.
Bueno, no lo culpo por irse y no aparecer
pero lo peor que hizo
antes de irse es ponerme de nombre Sue.
Seguro que pensó que era una broma muy buena
y seguro que muchos se rieron con ella,
he tenido que luchar contra eso toda mi vida.
Algunas chicas se reían y yo me ponía rojo
algún tipo se carcajeaba y le rompía la cabeza,
os lo juro, la vida no es fácil para un chico llamado Sue.
Crecí rápido y cada vez era más malvado,
se me endureció el puño y agucé el ingenio,
vagabundeaba de ciudad en ciudad ocultando mi vergüenza.
Pero le hice un juramento a la luna y las estrellas,
que rebuscaría por todos los burdeles y bares
hasta matar al hombre que me puso este horrible nombre.
El lugar era Gatlinburg, a mediados de julio
acababa de llegar a la ciudad y tenía la garganta seca,
se me ocurrió parar y echarme algo al coleto.
En un viejo saloon que había en una calle de barro,
allí en una mesa, vendiendo ganado,
se sentaba el sucio y sarnoso perro que me puso de nombre Sue.
Supe que aquella serpiente era mi papaíto
gracias a una vieja fotografía que tenía mi madre,
conocía aquella malvada cicatriz y su aviesa mirada.
era grande y andaba encorvado, canoso, viejo,
lo miré y se me heló la sangre
y dije: “Me llamo Sue. ¿Cómo estas?
¡Ahora vas a morir!”
Le golpeé fuerte entre los ojos
y cayó al suelo, pero para mi sorpresa,
se levantó con un cuchillo y me cortó un trozo de oreja.
Le rompí una silla en todos los dientes
rompimos la ventana cayendo a la calle
pateando, sacándonos los ojos entre el barro, la sangre y la cerveza.
Os diré que he peleado contra tipos más duros
pero no recuerdo cuándo,
daba coces como una mula y mordía como un cocodrilo.
Lo oí reírse y lo oí maldecir,
fue a por su pistola pero yo saqué la mía primero,
se quedó mirándome y vi cómo sonreía.
Dijo: “Hijo, este es un mundo duro
y si un hombre ha de abrirse camino en él, tiene que ser fuerte
sabía que no íba a estar para ayudarte en el camino.
Así que te puse ese nombre y me marché.
Sabía que o te endurecías o morirías
y es el nombre el que te ha ayudado a hacerte fuerte.”
Dijo: “Acabas de tener una buena pelea
y sé que me odias, y tienes derecho
a matarme ahora mismo, no te culpo si lo haces.
Pero deberías darme las gracias, antes de que muera,
por el odio en tus entrañas y el fuego de tus ojos
porque yo soy el hijo de perra que te puso de nombre Sue”
Me quedé sin habla y solté la pistola
lo llamé papá y él me llamó hijo,
y todo lo vi desde otro punto de vista.
De vez en cuando pienso en él,
Cada vez que lo intento lo consigo,
Y si alguna vez tengo un hijo, creo que lo llamaré
Bill o George. ¡Cualquier cosa menos Sue! ¡Aún odio ese nombre!
Autor: Shel Silverstein. Versión de Johnny Cash en At San Quentin.
La muerte de Edward Lear tuvo lugar durante la mañana de un domingo de mayo de 1888. Se enviaron invitaciones con bastante antelación. En las invitaciones se leía:
El Sr. Edward LEAR
Escritor de Sinsentidos y Pintor de Paisajes
Solicita que lo honre con su presencia
Con Ocasión de su FALLECIMIENTO.
San Remo 2:20 de la madrugada
El 29 de mayo Se ruega confirmación.
Puede imaginarse los sentimientos de los que la recibieron. “¡Nuestro querido amigo se prepara para partir!” Y cosas por el estilo. En otras ocasiones, se tomó en consideración su edad. “¡El señor Lear! Que nos ha dado tanto placer, que debe tener, a ver, déjame ver…” Y hubo mucho de: “Recuerdo la primera vez que yo (hojeé) (me embargó)…” Pero en general, las amistades del señor Lear abordaron la ocasión con una mezcla de solemnidad y sentido práctico, quizá recordando las palabras de Tennyson, el gran amigo de Lear:
Los ancianos han de morir,
o el mundo se enmohecería
y:
Los hombres pueden llegar y marcharse,
Yo continuaré para siempre.
La gente se preparó para asistir a la muerte de Edward Lear como si se fuesen a pasar un día de campo. Se prepararon cestas de picnic (pues sería erróneo esperar mucho de la hospitalidad del señor Lear, dadas las circunstancias); envolvieron botellas de vino en servilletas blancas. Se eligieron juguetes para los niños. Hubo debates acerca de si se debía o no llevar a los perros. (Algunos de los perros presentes de hecho en la muerte de Edward Lear no pudieron contenerse; retozaron por el dormitorio del moribundo, tironearon de la ropa de cama, y se convirtieron en tal incordio que tuvieron que ser retirados de la habitación.)
La mayor parte de los amigos del señor Lear decidieron que la hora apropiada para llegar a la Villa era la medianoche, o alrededor de esa hora, para así darle tiempo al anciano caballero, antes de que se produjera el suceso, a hacer los comentarios que tuviese en mente, o a hacer lo que quisiera hacer. Todo el mundo entendió lo que significaba la hora especificada en la invitación. Y así, los visitantes se encontraron siendo ayudados a bajar de los carruajes (por Giuseppe Orsini, sirviente de Lear) en casi total oscuridad. Mientras se detenían para saludar a gente que conocían, o para recolectar a niños desperdigados, fueron por fin conducidos a una gran habitación en la primera planta, donde el artista se había acostumbrado a exhibir sus acuarelas, y de allí, por una escalera muy ancha, a una habitación similar en la segunda planta, donde el propio señor Lear esperaba, en la cama, con una vieja y aterciopelada chaqueta de smoking y sus usuales anteojos de plata con pequeñas lentes ovaladas. Se habían dispuesto en semicírculo, alrededor de la cama, varias docenas de sillas de respaldo recto que pronto fueron ocupadas, y los que llegaron más tarde se quedaron de pie junto a las paredes.
Las primeras palabras del señor Lear fueron:
—¡No tengo dinero!
Cada vez que entraba un nuevo grupo de invitados en el dormitorio, repetía:
—¡No tengo dinero! ¡No tengo dinero!
Parecía extremadamente cansado, aunque calmado. Era evidente que su gran barba, gris aunque con algunos retazos negros, no había sido recortada desde hacía varios días. Parecía nervioso e inmediatamente comenzó a pronunciar un discurso, como si desease evitar que algún otro lo hiciera.
Comenzó agradeciendo a todos los presentes el haber asistido y expresó la esperanza de no haberles causado demasiadas molestias, pues reconocía que la hora era «¡inusual para hacer visitas!» Dijo que no podía encontrar las palabras adecuadas para mostrar el placer que le causaba ver a tantos amigos reunidos a su lado. Entonces ofreció un pequeño discurso, de unos doce minutos de duración, sobre la producción de sus diferentes obras, del cual nadie ha sido capaz de recordar la sustancia, aunque todo el mundo estuvo de acuerdo en que fue encantador, elegante y sabio.
Entonces asombró a sus invitados con una pregunta proferida con una especie de chillido.
—¿Debería casarme? ¿Casarme? ¿Debería casarme?
A continuación el señor Lear ofreció una breve homilía sobre el tema de la Amistad. La Amistad, dijo, es el más valioso de los afectos. También es a menudo, dijo, el más fuerte de los lazos humanos, que sobrevive a tensiones y tempestades que resultan fatales para relaciones no tan sublimes. Hizo notar que sus propias y numerosas amistades constituían el recuerdo más valioso de su larga vida.
Después se produjo una disquisición sobre los Gatos.
Cuando el señor Lear llegó al tema de los Niños, se observó cierta inquietud entre los invitados. (No había cesado de gritar de cuando en cuando: «¿Debería casarme?» y «¡No tengo dinero!») Entonces mostró copias de sus libros, pero como todo el mundo los había leído, no generó más que un educado interés. A continuación sostuvo, una a una, una selección de sus acuarelas, que mostraban ruinas y lugares pintorescos. De igual manera, estas eran conocidas. Eran las mismas acuarelas que el anciano había estado intentando vender a cinco y diez libras durante los últimos cuarenta años.
El señor Lear cantaba ahora un texto de Tennyson en un escenario que él mismo había creado acompañándose con una mandolina. Aunque su voz era débil y se quebraba con facilidad, la canción motivó una encendida ovación.
Finalmente, ordenó a sus sirvientes que transportaran hasta el dormitorio un óleo enorme, de al menos dos metros por tres, que mostraba el Monte Athos. Se produjo un murmullo de apreciación, pero no pareció satisfacer al pintor, pues asumió un aspecto muy sombrío.
A las 2:15 el señor Lear realizó una serie de acciones cuyo significado resultó impenetrable para los espectadores.
A las 2:20 extendió el brazo hacia la mesa de noche, recogió una pluma pasada de moda que allí estaba, y murió. Se tomó inmediatamente una máscara funeraria. Los invitados, mientras lloraban sin estar afectados, avanzaron en fila de vuelta a los carruajes.
La gente que había asistido a la muerte de Edward Lear estuvo de acuerdo en que, en general, había sido una actuación de algún modo tediosa. ¿Por qué le había parecido apropiado leer los mismos versos anticuados, cantar de nuevo aquellas canciones ya oídas, mostrar los cuadros tan bien conocidos, recorrer su repertorio una vez más? ¿Por qué las invitaciones? Entonces todos entendieron algo: que el señor Lear había hecho lo que había hecho siempre y que por lo tanto, no había hecho nada extraordinario. El señor Lear había transformado lo extraordinario en su contrario. De hecho había creado un gentil y genial malentendido.
De este modo, los invitados, con el paso del tiempo, comenzaron a considerar el asunto bajo una luz histórica. Se lo contaban a sus amigos, volvieron a escenificar fragmentos a sus hijos y nietos. Reproducían con voz cómica la manera en la que el anciano había aullado «¡No tengo dinero!», y citaban sus extraños comentarios acerca de casarse. La muerte de Edward Lear se hizo tan popular con el paso del tiempo que se escenificaban reposiciones en todo el país con un éxito considerable. La muerte de Edward Lear aún puede verse, en ciudades más pequeñas, en versiones enriquecidas gracias a eruditas interpretaciones, enmiendas textuales, y que se adaptan al gusto cambiante. Hay una modificación extraña que nadie sabe cómo ha aparecido. La compañía de actores la representa de forma tradicional, pero el propio Lear aparece gritando, temblando, hirviendo de furia.
de Donald Barthelme, Sixty Stories, Harmondswoth, Penguin, 1993.
El globo, que comenzaba en un punto de la calle Catorce, no puedo revelar la localización exacta, se expandió hacia el norte durante toda la noche, mientras todo el mundo dormía, hasta que llegó al parque. Allí, al amanecer, lo detuve justo cuando el extremo septentrional se extendía por la Plaza. El movimiento que provocaba el estar flotando sin ataduras resultaba frívolo y suave. Pero como experimenté una ligera irritación al detenerlo, a pesar de que lo hice para proteger a los árboles, y al no ver razón alguna para que no se le permitiese expandirse hacia el cielo, por encima de aquellas partes de la ciudad que ya cubría, para extenderse por el espacio abierto que allí se encontraba, le pedí a los ingenieros que se ocuparan de ello. Esta expansión tuvo lugar durante la mañana mediante una ligera e imperceptible inyección de gas a través de las válvulas. El globo entonces cubrió cuarenta y cinco manzanas de norte a sur y un área irregular de este a oeste, que en algunos lugares alcanzaba seis cruces de calles a cada lado de la Avenida. Esa era la situación en aquel momento.
Pero es erróneo hablar de “situaciones” e implicar un conjunto de circunstancias que conduzcan a alguna resolución, a alguna liberación de tensión, pues no había situaciones, tan sólo el globo que allí flotaba -tonos compactos y apagados de grises y marrones en su mayor parte que contrastaban con tonos suaves de amarillo nuez. Una deliberada falta de acabado, que quedaba ensalzada debido a una diestra instalación, le confería a la superficie una cualidad áspera y desamparada. Unos pesos deslizantes en el interior, ajustados con sumo cuidado, anclaban la gran masa multiforme en puntos diferentes. Con el tiempo ha habido una marea de ideas muy originales en los medios, trabajos de una belleza singular, así como auténticos hitos en la historia de la inflación, pero en aquel momento sólo estaba el globo que allí flotaba, concreto, particular.
Hubo reacciones. Algunos encontraron el globo “interesante.” Como respuesta parecía inadecuada teniendo en cuenta la inmensidad del globo y su repentina aparición sobre la ciudad. Por otro lado, en ausencia de histeria u otra ansiedad inducida por la sociedad, esta opinión ha de ser juzgada como calmada y “madura.” Al principio hubo bastante discusión en cuanto al “significado” del globo, pero fue desapareciendo pues hemos aprendido a no insistir acerca del significado de las cosas, y es algo que ya apenas se busca, excepto en casos que impliquen fenómenos muy simples y sencillos. Se acordó que, ya que el significado del globo nunca podía conocerse de manera absoluta, discutir sobre ello era inútil, o al menos no tan importante como las actividades de aquellos que, por ejemplo, colgaban linternas de papel verde y azul de la cálida y gris superficie inferior en ciertas calles, o aprovechaban la ocasión para escribir mensajes sobre la superficie, que anunciaban su disponibilidad para realizar actos antinaturales, o la disponibilidad de conocidos.
Había osados niños que saltaban, sobre todo en aquellos puntos donde el globo flotaba cerca de los edificios de modo que el vacío entre el globo y el edificio era cuestión de centímetros, o lugares donde el globo de hecho hacía contacto, ejerciendo una ligerísima presión contra el lateral del inmueble, de modo que el globo y el edificio parecían una unidad. La superficie superior estaba de tal forma estructurada que presentaba un “paisaje” de pequeños valles así como de ligeras lomas o montículos. Una vez en lo alto del globo era posible pasear, incluso realizar un viaje desde un lugar a otro. Era placentero poder correr por una inclinación para después ascender por la elevación opuesta, ambas con pendientes suaves, o saltar de un lado a otro. Era posible botar debido a la neumaticidad de la superficie, así como caerse, si eso era lo que se deseaba. Toda esta variedad de movimientos, así como otros que se encontraban dentro de las posibilidades de cualquiera al experimentar el lado superior del globo, resultaba extremadamente divertida para los niños, acostumbrados a la piel dura y plana de la ciudad. Pero el propósito del globo no era divertir a los niños.
Además, el número de personas, adultos y niños, que se aprovechaban de las oportunidades descritas no era tan grande como podría parecer. Se podía observar cierta timidez, una falta de confianza hacia el globo, incluso había cierta hostilidad. Debido a que habíamos escondido las bombas que alimentaban el interior con helio, y debido a que la superficie era tan vasta que las autoridades no podían determinar el punto de entrada -esto es, el punto por el que se inyectaba el gas- se hacía evidente un punto de frustración en aquellos funcionarios de la ciudad bajo cuya jurisdicción tales manifestaciones normalmente recaían. La aparente falta de objeto del globo era irritante (como también lo era el hecho de que estuviese “allí”). Si hubiésemos pintado, con grandes letras, “PRUEBA DE LABORATORIO”, o, “18% MÁS EFECTIVO” a los lados del globo, esta dificultad habría sido sorteada. Pero yo no podía permitir tal cosa. En general, los funcionarios eran bastante tolerantes teniendo en cuenta las dimensiones de la anomalía, una tolerancia que era resultado de: primero, pruebas secretas llevadas a cabo por la noche que los convencieron de que poco o nada se podía hacer para eliminar o destruir el globo, y, segundo, una simpatía pública que surgió (afectada sin duda por la hostilidad antes mencionada) hacia el globo por parte de los ciudadanos.
Al igual que un solo globo ha de soportar una eternidad de pensamientos sobre los globos, así cada ciudadano expresaba, con la actitud que adoptaba, un complejo sistema de actitudes. Uno podía considerar que el globo tenía que ver con la noción “ensuciar”, como en la oración “El gran globo ensuciaba el por otra parte claro y radiante cielo de Manhattan.” Esto es, el globo era, según el punto de vista de este hombre, una impostura, algo inferior al cielo que antes había estado allí, algo interpuesto entre la gente y su “cielo.” Pero de hecho era enero, el cielo era oscuro y horrible, no era un cielo al que pudieses alzar la mirada con placer mientras yacías tumbado sobre la calle, a menos que para ti el placer proviniese de ser amenazado, de ser maltratado. Y la parte inferior del globo era una maravilla a los ojos, ya lo hemos estudiado, la mayor parte con tonos apagados de gris y marrón, que contrastaban con amarillos dulces y desamparados como de nuez. Y así, aunque este hombre pensaba en la noción ensuciar, aún había una mezcla de placentera cognición en su pensamiento, que luchaba con la percepción original.
Por otro lado, otro hombre, veía el globo como si fuera parte de un sistema de recompensas inesperadas, como cuando el jefe entra y dice: “Toma, Henry, toma este fajo de dinero que he preparado para ti, lo estamos haciendo muy bien, y admiro la forma en la que magullas los tulipanes, sin la cual, tu departamento no sería tan exitoso, o al menos no iría tan bien como va.” Para este hombre el globo sería una experiencia de “fuerza y valor” brillantemente heroica, aunque una experiencia apenas entendida.
Otro hombre podría decir: “Sin el ejemplo de ——-, es dudoso que ——– existiese hoy en su forma actual,” y encontraría a muchos que estarían de acuerdo con él, o que discutirían con él. Fueron introducidos conceptos sobre la “hinchazón” y la “flotabilidad”, así como conceptos relacionados con los sueños y la responsabilidad. Otros se embarcaron en fantasías admirablemente detalladas relacionadas con un deseo de, o bien perderse dentro del globo, o de atiborrarlo. El carácter privado de estos deseos, de sus orígenes desconocidos y enterrados en lo más hondo, era tal que no se hablaba mucho de ellos, aunque hay pruebas de que eran muy extendidos. También se comentó que lo que era importante era lo que sentías al estar debajo del globo. Algunos aseguraban que se sentían a cobijo, cálidos, como nunca antes, mientras que los enemigos del globo se sentían, o decían sentirse, aprisionados, llenos de un sentimiento de “pesadez.”
La opinión crítica estaba dividida:
“derramamientos monstruosos”
“harpa”
XXXXXXX “ciertos contrastes con porciones más oscuras”
“felicidad interna”
“esquinas grandes, cuadradas”
“eclecticismo conservador que hasta ahora ha gobernado
el diseño moderno de los globos”
::::::: “vigor anormal”
“pasadizos cálidos, suaves, lánguidos”
“¿Ha sido sacrificada la unidad en pos de una cualidad expansiva?”
“¡Quelle catastrophe!”
“mordisqueo”
La gente comenzó, de manera curiosa, a ubicarse en relación con aspectos del globo: “Estaré en ese lugar donde se hunde sobre la Calle Cuarenta y Siete casi hasta la acera, cerca de Alamo Chile House,” o “¿Por qué no vamos a la cima a que nos dé el aire, y quizá podamos caminar un poco donde forma una línea curva y cerrada con la fachada de la Galería de Arte Moderno…?” Las intersecciones marginales ofrecían entradas dentro de una duración temporal determinada, así como “pasadizos cálidos, suaves, lánguidos” en los que… Pero no es correcto hablar de “intersecciones marginales,” pues cada intersección era crucial, ninguna podía ignorarse (como si, al caminar allí, pudiese ser que no encontrases a nadie capaz de atraer tu atención de repente de los viejos a nuevos ejercicios, riesgos y subidas). Cada intersección era crucial, contacto entre globo y edificio, contacto entre globo y hombre, contacto entre globo y globo.
Se sugirió que lo que era admirado del globo era finalmente esto: que no era limitado, o definido. A veces una protuberancia, ampolla, o sub-sección avanzaba hacia el este hasta llegar al río por iniciativa propia, como los movimientos de un ejército sobre un mapa, como se contemplan en un cuartel general lejos de la batalla. Más tarde esa parte era, como si dijéramos, lanzada de nuevo hacia atrás, o se retiraba a nueva disposiciones. A la mañana siguiente, esa parte había realizado otra salida, o había desaparecido por completo. Esta habilidad del globo para cambiar su forma, para alterarse, era muy grata, sobre todo para aquellos cuyas vidas estaban diseñadas de manera muy rígida, personas para las que el cambio, aunque deseado, no estaba al alcance de la mano. El globo, durante los veintidós días de su existencia, ofreció la posibilidad, debido a su aleatoriedad, de que se produjeran desubicaciones del ser, en contraposición a la rejilla de caminos precisos y rectangulares bajo nuestros pies. La cantidad de formación especializada que es necesaria actualmente, y la consecuente conveniencia de compromisos a largo plazo, ha sido ocasionada por la creciente importancia de la maquinaria compleja en toda clase de operaciones. Con el incremento de esta tendencia, cada vez más personas recurrirán, con desconcertada insuficiencia, a soluciones para las que el globo puede representar un prototipo, un “borrador.”
Te vi bajo el globo, con ocasión de tu vuelta de Noruega. Preguntaste si era mío, y dije que sí. El globo, dije, es una revelación autobiográfica espontánea, que tiene que ver con el malestar que sentí por tu ausencia, y con la privación sexual, pero ahora que tu visita a Bergen ha finalizado, ya no es necesario u oportuno. La retirada del globo fue fácil. Unos camiones con remolques se llevaron la tela deshinchada y ahora está almacenada en West Virginia, a la espera de otra ocasión de infelicidad, alguna otra ocasión, quizá, en la que estemos enfadados el uno con el otro.
Trad. David Cruz
de Donald Barthelme, Sixty Stories, Harmondsworth, Penguin, 1993.
Diese Tage, die leer dir scheinen
und wertlos für das All,
haben Werzeln zwischen den Steinen
und trinken dort überall.
Una mesa de juego está lista en la biblioteca
Para recibir el puzle que nunca llega.
El brillo del día, la luz de la lámpara
Caen sobre el tenso oasis de fieltro verde.
Llena de frustración, la vida sigue,
Un espejismo surgido de las escurridizas arenas del tiempo
O que de forma gradual va encajando:
Clase de alemán, picnic, balancín, paseo
Con el collie al que “sólo le faltaba hablar”—
Las agrias frutas desprendidas en el huerto de detrás.
Un verano sin padres es el puzle,
O lo debería ser. Pero el chico, día tras día,
Escribe en su diario No hay puzle.
Al menos está enamorado. Su Mademoiselle francesa,
En la vida real viuda desde Verdún,
Es fuerte, sencilla, pelirroja, devota.
Reza por él, al igual que un cura en Alsacia,
Teje disfraces para sus marionetas,
Lo ayuda detrás del escenario
Cuya niña de los gansos iluminada desde un lateral y con su voz,
Interpreta a Ginebra y a la pistolera Jean.
Aún más, a la hora de acostarse mientras lo abraza fuerte
Le cuenta sus propias esperanzas francesas, sus miedos alemanes,
Sus… pero ¿hay algo más que contar?
Tras conocer la pena y la miseria, Mademoiselle
Conoce poco más. Sus idiomas. Su lugar.
El café del mediodía. El correo. El reloj que también aguarda
Prendido a su corazón, pobre oro, alza las manillas—
¡No hay puzle! Humeando amargura
Sus terrones de azúcar devuelven estallidos a su boca, traducido:
“Patience, chéri. Geduld, mein Schatz.”
(Así, mientras leía a Valéry la otra noche
Y pareciendo recordar una versión de “Palme” hecha por Rilke,
Ese paradigma soleado por el que el árbol
Sangra un dulce manantial de autoridad,
Volvió el momento. Patience dans l’azur.
Geduld im… ¿Himmelblau? Mademoiselle.)
De repente, como le habían prometido, de una tienda
De alquiler de puzles de Nueva York, el puzle llega—
Uno excelente, que contiene mil piezas
Serradas a mano con olor a sándalo. Muchas adoptan
Formas ya conocidas— el repertorio del artesano
Es hermoso en sus limitaciones— de otros puzles:
La bruja sobre la escoba, la ostra, el reloj de arena,
Incluso (probablemente no solo en retrospectiva)
Una diminuta palmera que extiende sus ramas de forma inocente.
Estas se pueden apartar y crear historias sobre ellas
Mientras Mademoiselle extiende el resto con la cara hacia arriba,
Ella misma emocionada como un niño; o ser preguntadas
Como rostros incoherentes en una multitud,
Cada una con su retazo de evidencia
De fuertes colores que la Ley ha de reunir.
¿Avestruz azul cielo? Una historia creíble.
El malva de la capa blanca de la bruja, dedos cortados
¿Arrancados? Detenedla. La trama se complica
Cuando de repente dos piezas se entrelazan.
Mademoiselle hace los bordes— (No tan rápido.
Un atardecer en Londres, el pasado diciembre.
Una conversación que es silenciada en la biblioteca
Un hombre adulto vuelve a entrar, vestido de gris.
Un médium. Todos excepto él han visto
Con el panel deslizado, tras explorar el hueco,
Un objeto a la vez único y común
Expuesto, colocado en un cofre de
Simple alpaca que el sujeto ahora evalúa
Con los ojos cerrados, diciendo en efecto:
“A pesar de que me llegan voces muy vagas
Un seco chirrido de serrucho las ahoga,
Una maquinaria atronadora— ¿un aserradero?
Lejos colina arriba en el bosque de abetos
Los árboles destacan, tensos por la impresión,
Gruñen y crujen al caer hacia el suelo.
Pero aquí oculto hay un inusitado fragmento
De una forma compleja tan solo en apariencia.
Lo que parece mostrar es superficial
Junto a esa laminación perdurable
De riesgo y artesanía, el karma que
Antes que nada lo hizo materia.
Contrachapado. La pieza de un puzle.” Aplausos
De reconocimiento tras la apertura de tapas
Bajo las que está el objeto. Un terror repentino—
Pero volvamos. Pues todo esto sucede años después.)
Mademoiselle hace los bordes. Las piezas de bordes rectos
Se alinean con la tierra y el cielo
En grupos de dos y tres, cosmogonistas ingenuos
Cuyos puntos de vista difieren. Mientras tanto los nómadas del interior
Comienzan a agruparse donde el tótem
De un cierto amarillo yema vibrante
O el pellejo de un animal emergente
Actúa sobre el rezagado como una llamada de trompeta
Para formar una unidad más sofisticada.
Para la hora de la cena se han formado
Dos nubes de madera irregular. En una, un Jeque con barba
Y con la brillante empuñadura de una espada (aún no está acabado)
Avanza sobre la piel de un tigre. Una pieza
Restalla al colocarse, ¡y unas garras nos amenazan!
En la segunda nube —miran de nube en nube
Con un sentimiento evidente aunque indescifrable—
La mayor parte de una mujer de ojos oscuros con un velo malva
Es ayudada a desmontar de un camello (de rodillas)
Por un esclavo o paje con aspecto retrasado
(Su hijo, piensa Mademoiselle equivocadamente)
Cuyos pies no han encontrado. Pero unos afortunados hallazgos
A última hora antes de irse a la cama
Anclan ambas facciones a los límites de la escena
Y, al así hacerlo, los orientan
Mirada con mirada a través del verde abismo.
El amarillo promete ser, oh bendición,
Cuando llegue el momento una suntuosa tienda.
Puzle comenzado escribo en el espacio de aquel día,
Entonces, mientras se baña, echo un vistazo a
La página que Mademoiselle escribe al cura: “… cette inocente mère,
Ce pauvre enfant, que deviendront-ils?”
Su escritura azul hace florituras como las piezas
Del puzle sobre el que le va a hablar.
(¡Temible falta de curiosidad de la infancia!
“Tu as l’accent allemand,” dijo Dominique.
Por supuesto. Mademoiselle era francesa tan sólo por su matrimonio.
Hija de una madre inglesa, remota
Descendiente del gran explorador Speke,
Y de un padre prusiano. Nadie lo sabía. Lo oí
Mucho después de su sobrino, un intérprete
De la ONU. Su relato contado con naturalidad
Pulsaba viejos sentimientos. Mi pobre Mademoiselle,
En el año 1939 que estaba a punto de sacudir
Este mundo donde “cada uno era el enemigo, cada uno el amigo”
Hasta sus cimientos, ocultó, aunque firmado en sangre,
Bajo su paz un vergonzoso secreto hasta el final).
“Schlaf wohl, chéri.” Su beso. Su pulgar
Cruzando mi frente contra los sueños venideros.
En este Mundo que como arena discurre,
Con su alborozada rutina y arraigo súbito,
¿A qué Potentado le ha escaseado un séquito?
¡Ahí! sobre el decreciente Verde se reúne.
Piel de bronce o pálida, plumas y cicatrices,
De vasallaje son los avatares más nobles—
El mismo portador de café con su chaleco
Vero es una Alteza morena, junto a la nuestra.
Quif que alivia el Tedio y almíbar helado, la sed,
En sombras intuidas viejas que lo peor saben
Exudan esa ficción viril de lo Nuevo:
“Insh’Allah, se cansará…” “… ¡o la matará primero!”
(No parece un tema apropiado para el Hogar,
Obra de —querido Richard, te dejaré buscar
Su nombre en archivos y revistas eruditas —
Un modesto león que se ocupa de Gérôme.)
Mientras, compactos como Tebas cuyas puertas
Ya completas se cierran tras ellos, Houri y Alfreet
Ambos reclaman al Paje. Él duda a quién servir,
Cuáles son sus obligaciones, dónde están sus pies,
Y si encontramos, como así otros antes hicieron,
Este trozo de Distancia honda en la que se oculta
Tu pequeña cúspide azucarada por el sol,
¡Inmarcesible Triángulo, Gran Pirámide!
Entonces solo quedará el cielo, cien fragmentos
Azules en revolución, sin ninguna pista
De dónde se abrirá un Hueco. Toda una tarea,
Ensamblar el Cielo, pero la realizamos.
Está acabado. Aquí debajo de la mesa
Estaban los pies que faltaban. Está acabado.
La cola del perro resuena. Mademoiselle esboza
Disfraces para un próximo drama de harén
Que protagonizará la chica de los gansos. Demasiado pronto
El rápido desmantelamiento. Elevado por dos esquinas,
El puzle pendía ensamblado… hasta que no.
De manera irresistible una multitud
De accesorios descosidos repiquetearon al caer.
El poder se hizo añicos mientras la bruja
Se deslizaba fácilmente por el vestido de la Virtud,
El azul aguantó un tiempo, pero también se desmoronó.
La ciudad hacía tiempo que había caído, y la tienda,
Una muselina para tamizar salsas,
Había sido barrida. Quedaba el verde
Sobre el que los adultos apostaban. Un crepúsculo verde.
Los primeros insectos de la luz. El último brillo del oeste
Verde en los falsos ojos de (coincidencia)
Nuestro sarnoso tigre a salvo sobre su desnudo hogar.
Antes de que el puzle fuera empaquetado y reenviado
A la tienda de puzles a mitad de los sesenta,
Algo me dice que una pieza se las ingenió
Para quedarse en el bolsillo del chico. ¿Cómo lo sé?
Lo sé porque a muchos de los puzles posteriores
Les faltaban piezas —las agudas notas de Maggie Teyte
Desaparecieron al finalizar la guerra, se acabó la moda de los collies,
Una casa destruida; y ¿no había también retenido
Mademoiselle su lastimoso fragmento de verdad?
He pasado los últimos días, aún más,
Saqueando Atenas en busca de esa traducción de “Palme”
Ni la Goethehaus ni la National Library
Parecen capaces de desenterrarla. Y aún así
No pueden ser imaginaciones mías. La he visto. Sé
Cuánto de la felicidad original preñada
De sol sacrificó Rilke
(Que amaba las palabras francesas —verger, mûr, parfumer)
Para verter su significado subyacente.
Sé en esa lengua suya
Qué Aflicciones, qué Verdades monolíticas
Sombrean la calzada simétrica
Surcada de rimas de estrofa en estrofa. Conozco ese plano dejado
Desnudo y sublime, donde el cálido Romance
Se desvanecía piedra a piedra, se enfriaba; los nombres aflautados
Se hicieron más altos, más solitarios que la vida
Por mayúsculas talladas en forma de hoja bajo la luz del ocaso.
La umlaut búho observa y ulula
Sobre la vocal abierta. Y tras la lluvia
Una profunda resonancia se llena de estrellas.
Pero nada se pierde. O al menos: todo es traducción
Y cada trozo de nosotros está perdido en ella
(O encontrado —deambulo por las ruinas de S
De vez en cuando, maravillado por la tranquilidad)
Y en esa pérdida un árbol modesto,
Del color del contexto, por medio de un roce
Imperceptible con su ángel, convierte el desecho
En sombra y fibra, en leche y memoria.
Trad. David Cruz
de Selected Poems, 1946-1985, New York, Alfred A. Knopf, 1992.