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Donald Barthelme, “La muerte de Edward Lear”

8 Enero, 2009

La muerte de Edward Lear tuvo lugar durante la mañana de un domingo de mayo de 1888. Se enviaron invitaciones con bastante antelación. En las invitaciones se leía:

El Sr. Edward LEAR
Escritor de Sinsentidos y Pintor de Paisajes
Solicita que lo honre con su presencia
Con Ocasión de su FALLECIMIENTO.
San Remo               2:20 de la madrugada
El 29 de mayo        Se ruega confirmación.

Puede imaginarse los sentimientos de los que la recibieron. “¡Nuestro querido amigo se prepara para partir!” Y cosas por el estilo. En otras ocasiones, se tomó en consideración su edad. “¡El señor Lear! Que nos ha dado tanto placer, que debe tener, a ver, déjame ver…” Y hubo mucho de: “Recuerdo la primera vez que yo (hojeé) (me embargó)…” Pero en general, las amistades del señor Lear abordaron la ocasión con una mezcla de solemnidad y sentido práctico, quizá recordando las palabras de Tennyson, el gran amigo de Lear:

Los ancianos han de morir,
o el mundo se enmohecería

y:

Los hombres pueden llegar y marcharse,
Yo continuaré para siempre.

La gente se preparó para asistir a la muerte de Edward Lear como si se fuesen a pasar un día de campo. Se prepararon cestas de picnic (pues sería erróneo esperar mucho de la hospitalidad del señor Lear, dadas las circunstancias); envolvieron botellas de vino en servilletas blancas. Se eligieron juguetes para los niños. Hubo debates acerca de si se debía o no llevar a los perros. (Algunos de los perros presentes de hecho en la muerte de Edward Lear no pudieron contenerse; retozaron por el dormitorio del moribundo, tironearon de la ropa de cama, y se convirtieron en tal incordio que tuvieron que ser retirados de la habitación.)
La mayor parte de los amigos del señor Lear decidieron que la hora apropiada para llegar a la Villa era la medianoche, o alrededor de esa hora, para así darle tiempo al anciano caballero, antes de que se produjera el suceso, a hacer los comentarios que tuviese en mente, o a hacer lo que quisiera hacer. Todo el mundo entendió lo que significaba la hora especificada en la invitación. Y así, los visitantes se encontraron siendo ayudados a bajar de los carruajes (por Giuseppe Orsini, sirviente de Lear) en casi total oscuridad. Mientras se detenían para saludar a gente que conocían, o para recolectar a niños desperdigados, fueron por fin conducidos a una gran habitación en la primera planta, donde el artista se había acostumbrado a exhibir sus acuarelas, y de allí, por una escalera muy ancha, a una habitación similar en la segunda planta, donde el propio señor Lear esperaba, en la cama, con una vieja y aterciopelada chaqueta de smoking y sus usuales anteojos de plata con pequeñas lentes ovaladas. Se habían dispuesto en semicírculo, alrededor de la cama, varias docenas de sillas de respaldo recto que pronto fueron ocupadas, y los que llegaron más tarde se quedaron de pie junto a las paredes.
Las primeras palabras del señor Lear fueron:
—¡No tengo dinero!
Cada vez que entraba un nuevo grupo de invitados en el dormitorio, repetía:
—¡No tengo dinero! ¡No tengo dinero!
Parecía extremadamente cansado, aunque calmado. Era evidente que su gran barba, gris aunque con algunos retazos negros, no había sido recortada desde hacía varios días. Parecía nervioso e inmediatamente comenzó a pronunciar un discurso, como si desease evitar que algún otro lo hiciera.
Comenzó agradeciendo a todos los presentes el haber asistido y expresó la esperanza de no haberles causado demasiadas molestias, pues reconocía que la hora era «¡inusual para hacer visitas!» Dijo que no podía encontrar las palabras adecuadas para mostrar el placer que le causaba ver a tantos amigos reunidos a su lado. Entonces ofreció un pequeño discurso, de unos doce minutos de duración, sobre la producción de sus diferentes obras, del cual nadie ha sido capaz de recordar la sustancia, aunque todo el mundo estuvo de acuerdo en que fue encantador, elegante y sabio.
Entonces asombró a sus invitados con una pregunta proferida con una especie de chillido.
—¿Debería casarme? ¿Casarme? ¿Debería casarme?
A continuación el señor Lear ofreció una breve homilía sobre el tema de la Amistad. La Amistad, dijo, es el más valioso de los afectos. También es a menudo, dijo, el más fuerte de los lazos humanos, que sobrevive a tensiones y tempestades que resultan fatales para relaciones no tan sublimes. Hizo notar que sus propias y numerosas amistades constituían el recuerdo más valioso de su larga vida.
Después se produjo una disquisición sobre los Gatos.
Cuando el señor Lear llegó al tema de los Niños, se observó cierta inquietud entre los invitados. (No había cesado de gritar de cuando en cuando: «¿Debería casarme?» y «¡No tengo dinero!») Entonces mostró copias de sus libros, pero como todo el mundo los había leído, no generó más que un educado interés. A continuación sostuvo, una a una, una selección de sus acuarelas, que mostraban ruinas y lugares pintorescos. De igual manera, estas eran conocidas. Eran las mismas acuarelas que el anciano había estado intentando vender a cinco y diez libras durante los últimos cuarenta años.
El señor Lear cantaba ahora un texto de Tennyson en un escenario que él mismo había creado acompañándose con una mandolina. Aunque su voz era débil y se quebraba con facilidad, la canción motivó una encendida ovación.
Finalmente, ordenó a sus sirvientes que transportaran hasta el dormitorio un óleo enorme, de al menos dos metros por tres, que mostraba el Monte Athos. Se produjo un murmullo de apreciación, pero no pareció satisfacer al pintor, pues asumió un aspecto muy sombrío.
A las 2:15 el señor Lear realizó una serie de acciones cuyo significado resultó impenetrable para los espectadores.
A las 2:20 extendió el brazo hacia la mesa de noche, recogió una pluma pasada de moda que allí estaba, y murió. Se tomó inmediatamente una máscara funeraria. Los invitados, mientras lloraban sin estar afectados, avanzaron en fila de vuelta a los carruajes.
La gente que había asistido a la muerte de Edward Lear estuvo de acuerdo en que, en general, había sido una actuación de algún modo tediosa. ¿Por qué le había parecido apropiado leer los mismos versos anticuados, cantar de nuevo aquellas canciones ya oídas, mostrar los cuadros tan bien conocidos, recorrer su repertorio una vez más? ¿Por qué las invitaciones? Entonces todos entendieron algo: que el señor Lear había hecho lo que había hecho siempre y que por lo tanto, no había hecho nada extraordinario. El señor Lear había transformado lo extraordinario en su contrario. De hecho había creado un gentil y genial malentendido.
De este modo, los invitados, con el paso del tiempo, comenzaron a considerar el asunto bajo una luz histórica. Se lo contaban a sus amigos, volvieron a escenificar fragmentos a sus hijos y nietos. Reproducían con voz cómica la manera en la que el anciano había aullado «¡No tengo dinero!», y citaban sus extraños comentarios acerca de casarse. La muerte de Edward Lear se hizo tan popular con el paso del tiempo que se escenificaban reposiciones en todo el país con un éxito considerable. La muerte de Edward Lear aún puede verse, en ciudades más pequeñas, en versiones enriquecidas gracias a eruditas interpretaciones, enmiendas textuales, y que se adaptan al gusto cambiante. Hay una modificación extraña que nadie sabe cómo ha aparecido. La compañía de actores la representa de forma tradicional, pero el propio Lear aparece gritando, temblando, hirviendo de furia.

de Donald Barthelme, Sixty Stories, Harmondswoth, Penguin, 1993.
Trad. de David Cruz Acevedo
Categorías: literatura, narrativa, traducciones|

One Comment on “Donald Barthelme, “La muerte de Edward Lear””

  1. 1 Francisco C. said at 17:43 on Febrero 7th, 2009:

    Me ha encantado el cuento, de un regusto muy “siglo XIX”, con ese relato de la muerte fechada, un poco a lo Hawthorne, a lo Melville. Y te confieso que hasta la mitad de la lectura pensaba que no era una traducción, que era tuyo!! Esto lo digo como elogío, por supuesto, porque se advierte una marca de estilo que también le pertenece al traductor.

    Abrazo desde los hielos,


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