} ?> } ?> } ?> (a)versiones » poesía
en permanente construcción

Otro de Cuervo de Ted Hughes

27 Abril, 2009

Cuervo

Examen a la puerta del útero

¿Quién es la dueña de estos piececitos escuálidos? La muerte.
¿Quién es la dueña de este espinoso rostro como chamuscado? La muerte.
¿Quién es la dueña de estos pulmones paralizados? La muerte.
¿Quién es la dueña de este abrigo de músculos? La muerte.
¿Quién es la dueña de estas innombrables entrañas? La muerte.
¿Quién es la dueña de este discutible cerebro? La muerte.
¿De toda esta turbia sangre? La muerte.
¿De estos ojos apenas útiles? La muerte.
¿De esta lengüecita traviesa? La muerte.
¿De esta vigilia esporádica? La muerte.

¿Dado, robado o retenido pendiente de juicio?
Retenido.

¿Quién es la dueña de la tierra lluviosa o pétrea? La muerte.
¿Quién es la dueña de todo el espacio? La muerte.

¿Quién es más fuerte que la esperanza? La muerte.
¿Quién es más fuerte que la voluntad? La muerte.
¿Quién más fuerte que el amor? La muerte.
¿Quién más fuerte que la vida? La muerte.

Pero, ¿quién es más fuerte que la muerte? Yo, evidentemente.

Pasa, Cuervo.

Trad. David Cruz Acevedo
Categorías: blog, literatura, poesía, traducciones| Sin comentarios »

Un poema de Ted Hughes

3 Abril, 2009

Cuervo más negro que nunca

Cuando Dios, disgustado con el hombre,
se giró hacia el cielo,
y el hombre, disgustado con Dios,
se giró hacia Eva,
todo parecía derrumbarse.

Pero Cuervo Cuervo
Cuervo los clavó juntos,
Cosió el cielo y la tierra.

Así el hombre gritó, pero con la voz de Dios.
Y Dios sangró, pero con la sangre del hombre.

El cielo y la tierra crujieron por la juntura
que se pudría y apestaba,
un horror más allá de toda redención.

La agonía no disminuyó.

El hombre no podía ser el hombre ni Dios Dios.

La agonía

creció.

Cuervo

sonreía

gritando: “Esta es mi Creación,”

mientras ondeaba: bandera negra.

Trad. David Cruz Acevedo
Original aquí
Categorías: blog, literatura, poesía, traducciones| 2 comentarios »

Traducción y tradición: Petrarca vs. Wyatt

16 Marzo, 2009

En una muy reciente entrevista que el poeta y traductor Jordi Doce le hace al premio Nóbel de literatura irlandés Seamus Heaney, se encuentra un interesante comentario sobre la traducción y los poetas traductores y de cómo la preferencia de la traducción de un determinado poeta puede llegar a alterar la tradición literaria del país al que se traduce dicho poeta. Están hablando en concreto de cómo en los países anglosajones existen multitud de traducciones de la Divina Comedia de Dante realizadas por poetas, mientras que, en las letras españolas tan sólo hay un par de casos relevantes. Sin embargo, sí encontramos ejemplos en nuestras letras de traducciones numerosas de los poemas de Petrarca. Si Dante ejemplifica un tipo de poesía lírica con un fuerte componente narrativo, una cualidad casi prosaica del lenguaje, y cierta simplicidad en las imágenes, Petrarca por contrario ejerce una poesía altamente elaborada, con unos patrones metafóricos muy osificados y monolíticos, resultando en una poesía más concentrada, más “heráldica” dice Heaney en la entrevista, y pone un ejemplo que puede resultar interesante: el caso de Thomas Wyatt.

Thomas Wyatt (1503-1542) fue un escritor del renacimiento inglés que realizó varias versiones de algunos sonetos de Petrarca introduciendo así por primera vez el soneto en el mundo anglosajón. Heaney llama la atención sobre uno en concreto en el que se trata la caza de una cierva. Dice Heaney que mientras en Petrarca la cierva es un objeto heráldico, un mito estático, en el caso de Wyatt se transforma en una cierva real en un bosque real y que simboliza un objeto de deseo inalcanzable, quizá refiriéndose a Ana Bolena, con la que se decía mantenía una relación secreta.
Veamos el poema italiano, su traducción al español, y la versión de Wyatt que será la que traduciré yo para comparar ambos sonetos finales; por un lado la traducción del italiano original, por otro la traducción que haré de la de la versión inglesa del propio Wyatt.

Sonetto XCX

Una candida cerva sopra l’erba
verde m’apparve con duo corno d’oro,
fra due riviere all’ombra d’un alloro,
levando ‘l sole a la stagione acerba.

Era sua vista si dolce superba
ch’ i’ lasciai per seguirla ogni lavoro,
come l’avaro che ‘n cercar tesoro
con diletto l’affanno disacerba.

“Nessun mi tocchi,” al bel collo d’intorno
scritto avea di diamanti et di topazi.
“Libera farmi al mio Cesare parve.”

Et era ‘l sol gia volto al mezzo giorno,
gli occhi miei stanchi di mirar, non sazi,
quand’ io caddi ne l’acqua et ella sparve.

Traducción del soneto de Petrarca (en Petrarca, F., Cancionero, trad. Jacobo Cortines, Madrid: Cátedra, 1984, p. 611)

Sobre la hierba, cándida una cierva
con sus dos cuernos de oro vi mostrarse,
debajo de un laurel, entre dos ríos,
saliendo el sol en la estación florida.
Era mirarla una visión tan dulce
que dejé toda cosa por seguirla;
como el avaro que al buscar el tesoro
endulza los afanes con deleite.
«Nadie me toque —en torno al cuello escrito
con diamantes tenía y con topacios—:
a mi César le plugo hacerme libre».
Y ya alcanzaba el sol el mediodía,
cuando aún sin saciarme de mirarla
caí en el agua, y vi que ya no estaba.

Thomas Wyatt

Whoso list to hunt, I know where is an hind,
But, as for me: helas, I may no more.
The vain travail hath wearied me so sore,
I am of them, that farthest cometh behind.
Yet may I by no means my wearied mind
Draw from the deer; but as she fleeth afore
Fainting I follow. I leave off therefore,
Since in a net I seek to hold the wind.
Who list her hunt, I put him out of doubt,
As well as I, may spend his time in vain.
And, graven with Diamonds, in letters plain,
There is written, her fair neck round about:
Noli me tangere, for Caesar’s I am,
And wild for to hold - though I seem tame.

Mi versión del soneto de Wyatt

Quien desee cazar, sé do hay una cierva,
en cuanto a mí, ay, ya no puedo más.
El vano esfuerzo me ha dejado exhausto,
y soy de los últimos que van detrás.
En ningún modo aparto de la cierva
mi cansada mente; y cuando avanza
la sigo y me desmayo. Abandono, pues
con una red intento atrapar el viento. (el viento atrapar)
Quien la quiera cazar, le quito dudas,
al igual que yo, gastará su tiempo.
Grabado con joyas y letra clara,
escrito lleva en el hermoso cuello:
Noli me tangere, pues soy del César,
y ardua de atar, aunque mansa parezca.

Categorías: blog, literatura, poesía, traducciones| Sin comentarios »

Un poema de Wallace Stevens

7 Febrero, 2009
Uno de mis poetas favoritos en uno de sus últimos poemas. Recojo aquí una primera versión sin revisar.

El planeta sobre la mesa

Ariel estaba contento de haber escrito sus poemas.
Trataban de un tiempo recordado
o de algo visto que le gustó.

Otras obras del sol
eran deshechos y desorden
y el arbusto maduro retorcido.

Su ser y el sol eran uno
y sus poemas, aunque obras de su ser,
también eran en igual medida obras del sol.

No importaba que sobrevivieran.
Lo que importaba era que portasen
Algún rasgo o carácter,

Alguna opulencia, aunque apenas percibida,
en la pobreza de sus palabras,
del planeta del cual formaban parte.

Wallace Stevens, Collected Poems, Londres: Faber & Faber, 1984.
Trad. David Cruz Acevedo
Categorías: blog, literatura, poesía, traducciones| Sin comentarios »

James Merrill, “Perdido en la traducción”

4 Diciembre, 2008

para Richard Howard

Diese Tage, die leer dir scheinen
und wertlos für das All,
haben Werzeln zwischen den Steinen
und trinken dort überall.

Una mesa de juego está lista en la biblioteca
Para recibir el puzle que nunca llega.
El brillo del día, la luz de la lámpara
Caen sobre el tenso oasis de fieltro verde.
Llena de frustración, la vida sigue,
Un espejismo surgido de las escurridizas arenas del tiempo
O que de forma gradual va encajando:
Clase de alemán, picnic, balancín, paseo
Con el collie al que “sólo le faltaba hablar”—
Las agrias frutas desprendidas en el huerto de detrás.
Un verano sin padres es el puzle,
O lo debería ser. Pero el chico, día tras día,
Escribe en su diario No hay puzle.

Al menos está enamorado. Su Mademoiselle francesa,
En la vida real viuda desde Verdún,
Es fuerte, sencilla, pelirroja, devota.
Reza por él, al igual que un cura en Alsacia,
Teje disfraces para sus marionetas,
Lo ayuda detrás del escenario
Cuya niña de los gansos iluminada desde un lateral y con su voz,
Interpreta a Ginebra y a la pistolera Jean.
Aún más, a la hora de acostarse mientras lo abraza fuerte
Le cuenta sus propias esperanzas francesas, sus miedos alemanes,
Sus… pero ¿hay algo más que contar?
Tras conocer la pena y la miseria, Mademoiselle
Conoce poco más. Sus idiomas. Su lugar.
El café del mediodía. El correo. El reloj que también aguarda
Prendido a su corazón, pobre oro, alza las manillas—
¡No hay puzle! Humeando amargura
Sus terrones de azúcar devuelven estallidos a su boca, traducido:
“Patience, chéri. Geduld, mein Schatz.”
(Así, mientras leía a Valéry la otra noche
Y pareciendo recordar una versión de “Palme” hecha por Rilke,
Ese paradigma soleado por el que el árbol
Sangra un dulce manantial de autoridad,
Volvió el momento. Patience dans l’azur.
Geduld im… ¿Himmelblau? Mademoiselle.)

De repente, como le habían prometido, de una tienda
De alquiler de puzles de Nueva York, el puzle llega—
Uno excelente, que contiene mil piezas
Serradas a mano con olor a sándalo. Muchas adoptan
Formas ya conocidas— el repertorio del artesano
Es hermoso en sus limitaciones— de otros puzles:
La bruja sobre la escoba, la ostra, el reloj de arena,
Incluso (probablemente no solo en retrospectiva)
Una diminuta palmera que extiende sus ramas de forma inocente.
Estas se pueden apartar y crear historias sobre ellas
Mientras Mademoiselle extiende el resto con la cara hacia arriba,
Ella misma emocionada como un niño; o ser preguntadas
Como rostros incoherentes en una multitud,
Cada una con su retazo de evidencia
De fuertes colores que la Ley ha de reunir.
¿Avestruz azul cielo? Una historia creíble.
El malva de la capa blanca de la bruja, dedos cortados
¿Arrancados? Detenedla. La trama se complica
Cuando de repente dos piezas se entrelazan.

Mademoiselle hace los bordes— (No tan rápido.
Un atardecer en Londres, el pasado diciembre.
Una conversación que es silenciada en la biblioteca
Un hombre adulto vuelve a entrar, vestido de gris.
Un médium. Todos excepto él han visto
Con el panel deslizado, tras explorar el hueco,
Un objeto a la vez único y común
Expuesto, colocado en un cofre de
Simple alpaca que el sujeto ahora evalúa
Con los ojos cerrados, diciendo en efecto:
“A pesar de que me llegan voces muy vagas
Un seco chirrido de serrucho las ahoga,
Una maquinaria atronadora— ¿un aserradero?
Lejos colina arriba en el bosque de abetos
Los árboles destacan, tensos por la impresión,
Gruñen y crujen al caer hacia el suelo.
Pero aquí oculto hay un inusitado fragmento
De una forma compleja tan solo en apariencia.
Lo que parece mostrar es superficial
Junto a esa laminación perdurable
De riesgo y artesanía, el karma que
Antes que nada lo hizo materia.
Contrachapado. La pieza de un puzle.” Aplausos
De reconocimiento tras la apertura de tapas
Bajo las que está el objeto. Un terror repentino—
Pero volvamos. Pues todo esto sucede años después.)

Mademoiselle hace los bordes. Las piezas de bordes rectos
Se alinean con la tierra y el cielo
En grupos de dos  y tres, cosmogonistas ingenuos
Cuyos puntos de vista difieren. Mientras tanto los nómadas del interior
Comienzan a agruparse donde el tótem
De un cierto amarillo yema vibrante
O el pellejo de un animal emergente
Actúa sobre el rezagado como una llamada de trompeta
Para formar una unidad más sofisticada.
Para la hora de la cena se han formado
Dos nubes de madera irregular. En una, un Jeque con barba
Y con la brillante empuñadura de una espada (aún no está acabado)
Avanza sobre la piel de un tigre. Una pieza
Restalla al colocarse, ¡y unas garras nos amenazan!
En la segunda nube —miran de nube en nube
Con un sentimiento evidente aunque indescifrable—
La mayor parte de una mujer de ojos oscuros con un velo malva
Es ayudada a desmontar de un camello (de rodillas)
Por un esclavo o paje con aspecto retrasado
(Su hijo, piensa Mademoiselle equivocadamente)
Cuyos pies no han encontrado. Pero unos afortunados hallazgos
A última hora antes de irse a la cama
Anclan ambas facciones a los límites de la escena
Y, al así hacerlo, los orientan
Mirada con mirada a través del verde abismo.
El amarillo promete ser, oh bendición,
Cuando llegue el momento una suntuosa tienda.

Puzle comenzado escribo en el espacio de aquel día,
Entonces, mientras se baña, echo un vistazo a
La página que Mademoiselle escribe al cura: “… cette inocente mère,
Ce pauvre enfant, que deviendront-ils?”
Su escritura azul hace florituras como las piezas
Del puzle sobre el que le va a hablar.
(¡Temible falta de curiosidad de la infancia!
“Tu as l’accent allemand,” dijo Dominique.
Por supuesto. Mademoiselle era francesa tan sólo por su matrimonio.
Hija de una madre inglesa, remota
Descendiente del gran explorador Speke,
Y de un padre prusiano. Nadie lo sabía. Lo oí
Mucho después de su sobrino, un intérprete
De la ONU. Su relato contado con naturalidad
Pulsaba viejos sentimientos. Mi pobre Mademoiselle,
En  el año 1939  que estaba a punto de sacudir
Este mundo donde “cada uno era el enemigo, cada uno el amigo”
Hasta sus cimientos, ocultó, aunque firmado en sangre,
Bajo su paz un vergonzoso secreto hasta el final).
“Schlaf wohl, chéri.” Su beso. Su pulgar
Cruzando mi frente contra los sueños venideros.

En este Mundo que como arena discurre,
Con su alborozada rutina y arraigo súbito,
¿A qué Potentado le ha escaseado un séquito?
¡Ahí! sobre el decreciente Verde se reúne.

Piel de bronce o pálida, plumas y cicatrices,
De vasallaje son los avatares más nobles—
El mismo portador de café con su chaleco
Vero es una Alteza morena, junto a la nuestra.

Quif que alivia el Tedio y almíbar helado, la sed,
En sombras intuidas viejas que lo peor saben
Exudan esa ficción viril de lo Nuevo:
“Insh’Allah, se cansará…” “… ¡o la matará primero!”

(No parece un tema apropiado para el Hogar,
Obra de —querido Richard, te dejaré buscar
Su nombre en archivos y revistas eruditas —
Un modesto león que se ocupa de Gérôme.)

Mientras, compactos como Tebas cuyas puertas
Ya completas se cierran tras ellos, Houri y Alfreet
Ambos reclaman al Paje. Él duda a quién servir,
Cuáles son sus obligaciones, dónde están sus pies,

Y si encontramos, como así otros antes hicieron,
Este trozo de Distancia honda en la que se oculta
Tu pequeña cúspide azucarada por el sol,
¡Inmarcesible Triángulo, Gran Pirámide!

Entonces solo quedará el cielo, cien fragmentos
Azules en revolución, sin ninguna pista
De dónde se abrirá un Hueco. Toda una tarea,
Ensamblar el Cielo, pero la realizamos.

Está acabado. Aquí debajo de la mesa
Estaban los pies que faltaban. Está acabado.

La cola del perro resuena. Mademoiselle esboza
Disfraces para un próximo drama de harén
Que protagonizará la chica de los gansos. Demasiado pronto
El rápido desmantelamiento. Elevado por dos esquinas,
El puzle pendía ensamblado… hasta que no.
De manera irresistible una multitud
De accesorios descosidos repiquetearon al caer.
El poder se hizo añicos mientras la bruja
Se deslizaba fácilmente por el vestido de la Virtud,
El azul aguantó un tiempo, pero también se desmoronó.
La ciudad hacía tiempo que había caído, y la tienda,
Una muselina para tamizar salsas,
Había sido barrida. Quedaba el verde
Sobre el que los adultos apostaban. Un crepúsculo verde.
Los primeros insectos de la luz. El último brillo del oeste
Verde en los falsos ojos de (coincidencia)
Nuestro sarnoso tigre a salvo sobre su desnudo hogar.

Antes de que el puzle fuera empaquetado y reenviado
A la tienda de puzles a mitad de los sesenta,
Algo me dice que una pieza se las ingenió
Para quedarse en el bolsillo del chico. ¿Cómo lo sé?
Lo sé porque a muchos de los puzles posteriores
Les faltaban piezas —las agudas notas de Maggie Teyte
Desaparecieron al finalizar la guerra, se acabó la moda de los collies,
Una casa destruida; y ¿no había también retenido
Mademoiselle su lastimoso fragmento de verdad?
He pasado los últimos días, aún más,
Saqueando Atenas en busca de esa traducción de “Palme”
Ni la Goethehaus ni la National Library
Parecen capaces de desenterrarla. Y aún así
No pueden ser imaginaciones mías. La he visto. Sé
Cuánto de la felicidad original preñada
De sol sacrificó Rilke
(Que amaba las palabras francesas —verger, mûr, parfumer)
Para verter su significado subyacente.
Sé en esa lengua suya
Qué Aflicciones, qué Verdades monolíticas
Sombrean la calzada simétrica
Surcada de rimas de estrofa en estrofa. Conozco ese plano dejado
Desnudo y sublime, donde el cálido Romance
Se desvanecía piedra a piedra, se enfriaba; los nombres aflautados
Se hicieron más altos, más solitarios que la vida
Por mayúsculas talladas en forma de hoja bajo la luz del ocaso.
La umlaut búho observa y ulula
Sobre la vocal abierta. Y tras la lluvia
Una profunda resonancia se llena de estrellas.

Perdida, ¿lo está?, ¿enterrada? ¿Otra pieza perdida?

Pero nada se pierde. O al menos: todo es traducción
Y cada trozo de nosotros está perdido en ella
(O encontrado —deambulo por las ruinas de S
De vez en cuando, maravillado por la tranquilidad)
Y en esa pérdida un árbol  modesto,
Del color del contexto, por medio de un roce
Imperceptible con su ángel, convierte el desecho
En sombra y fibra, en leche y memoria.

Trad. David Cruz
de Selected Poems, 1946-1985, New York, Alfred A. Knopf, 1992.
Categorías: literatura, poesía, traducciones| 1 comentario »