la pesquisa animal Imprimir
de gerardo pignatiello   
A un pequeño pueblo de la provincia de Mendoza, llega un investigador proveniente de la ciudad. Su tarea es descubrir quién mató a Fermín Reyes, un ejemplo de caciquismo latinoamericano: terrateniente, amo y señor del lugar y todo lo que éste contiene, y también debe encontrar el cadáver.

Finalmente lo descubre dentro de una pared al seguir un camino de hormigas carnívoras. Éste es, grosso modo, el argumento de “Los Reyunos” de Antonio Di Benedetto.[1]

¿Qué hace un detective en medio de un espacio indómito y casi baldío de huellas para resolver su caso? Hacer caso a las constancias. Ver qué cosas se modificaron, pero que buscan recomponer la situación previa al crimen. Indagar en los comportamientos rutinarios. Descubrir lo que la especie manda hacer.

Esas conductas regulares e inalterables son las de los animales. Los brutos responden a las innovaciones que el hombre hace. Asisten a ellas acomodándose como a cualquier otro cambio. El humano es para ellos apenas un obstáculo.

El tema de la vida animal y su vínculo con los hombres es recurrente -demás está decirlo- en la obra del escritor mendocino. Baste mencionar libros como Mundo animal y muchísimos de sus cuentos que llevan nombres de animales en su título. Ver la incidencia de estas conductas observadas con ojo científico en la conformación de un cuento policial, su uso como método deductivo y las pautas estéticas que se derivan de estas pesquisas es el objetivo de estas anotaciones. En definitiva, ver a qué distinto final se llega cuando tenemos un policial de estas características.

A ese lugar, arriba el investigador. Un hombre de “sombrero ciudadano” que maneja “riendas inexpertas” (LR, 459) asoma un día al campo antiguo donde entre hombres y animales hay menos diferencia. Nuestro detective definido por las hipálages anteriores es recibido por una plaga de langostas. Así, animales transportistas y anfitriones pueblan la escena inaugural de este policial campero: “El aire está salpicado de langostas que, por ráfagas, le golpean la cara.” Y más adelante “Sólo los perros asumen la tarea, la franqueza de mostrarse.” (LR, 459)

El detective es recibido por el policía polifuncional del poblado. Entra a la comisaría y tenemos una descripción de la patria. Los cuadros muestran la situación política del momento:

"el presidente de la Nación, el interventor federal en la Provincia y el jefe de Policía" (LR 459). El presidente en ese momento es Marcelo Torcuato de Alvear , quien por mucho que quisiera distinguirse del “personalismo” de Yrigoyen, su antecesor del mismo partido, continúa con una política intervencionista[2]. Es decir que ante cualquier inconveniente en las provincias, el Ejecutivo envía un interventor federal que gobierna respondiendo al poder central. Pero además, desde siempre hubo un reguero de punteros políticos, de casos de cacicazgo, de patrones de estancia que eran dominadores informales de la región. El que desaparece en el cuento es uno de estos personajes: "Fermín Reyes, 58 años. De la casta, ya en tercera o cuarta generación, de los primeros pobladores. Dueño de campos y ganados. Señor de la pobreza y la subordinación. Solitario en su hogar. Viudo. Con hijos de distintas madres, muy pocos con su apellido, todos dispersos" (LR, 460). El relato viaja al pasado lejano con esta descripción. Una práctica colonial persiste en el presente. Reyes, dueño de campos y ganado. Ganado vacuno y humano. Todos los que de él dependen están marcados con una traza diferencial pero no distintiva (se diferencian de otros grupos pero no entre ellos): todos tienen la oreja cortada. Todo es ganado reyuno. Él domina los cuerpos ajenos, pero no es capaz de darles su nombre. Dominio sin nombre porque es un tipo de signo no lingüístico, que los deshumaniza al mutilarlos. Cacique de la República conservadora y oligárquica con una patria regada de votantes marcados. La plaga de langostas devora todo. El lugar es una escenificación del dominio: “ni farmacia ni hospital, ni escuela ni correo” (LR, 460). Sólo el hombre fuerte que domina, que da y quita. Sin entidades socializantes, apenas la comisaría que los vigila.

            Por otra parte, también los discursos aparecen marcados por la propiedad. Marcelino dice: “Era mi padre, sí, aunque yo fuera su peón” (462). Y después, el pesquisador observa que “le falta un pedazo de oreja” (462). Lo mismo con el Cholo cuando hablando de la Carlina dice “Estoy con ella” y “El investigador percibe que no ha dicho: ‘Está conmigo’” (462). Ese diálogo lo remata el policía diciendo “El señor es justicia” (462). Todos a su vez han hecho entrar al resto en el relato de la propiedad y el poder. Dominación sobre los nombres también que es la forma de designar una voluntad sobre alguien. Rosa, fue llamada así por Reyes, a pesar de ser “cristianada María” (LR, 460). Negar el nombre también es un acto de nombrar en el caso de Marcelino o el Cholo. Sin embargo, ese nombre vedado para ellos se prodiga en las tumbas del cementerio donde “predomina el apellido Reyes” (LR, 464).

            Volviendo a la forma intervencionista, el caso se espeja en la acción de enviar desde la ciudad al campo al detective. El pesquisador es el que viene a resolver los casos desde la metrópoli. De la ciudad viene la diferenciación entre ese ganado reyuno. El Cholo “de la ciudad trajo un oficio, el de albañil” (467). Se destaca entre el resto, trae otra marca, sí distintiva en el grupo. De la ciudad vienen el crimen y su aparente solución, el criminal y el pesquisador. La respuesta del campo no se hace esperar. La acción de los animales. Finalmente, las hormigas lugareñas son las que resuelven el crimen. O más claro aún. Cuando un niño no sólo brinda información, sino que además señala el punto, el lugar donde buscar, como si de antemano supiera todo: “ ‘¿Sabés que el perro se escondió desde que desapareció don Reyes?’ ‘Se habrá muerto.’ ‘¿Don Reyes…? Puede haberse ido.’ ‘El Leal lo buscaría, no iba a quedarse echado’ ” (464). El Leal, cuyo nombre declara su conducta, no busca porque ya encontró. Todo el cuento, desde el comienzo, el perro está dormido sobre el fin de la búsqueda; allí, evidente, como una “carta robada”[3].

            Aquí es importante mencionar algo curioso. Sabemos que el policial tiene un origen mas bien urbano, citadino, propio de la modernidad del siglo XIX. Pensemos en esto. Walter Benjamin había mencionado estos orígenes en su texto sobre el flâneur. Cito unos pasajes: “Cuanto menos sosegada se hace la gran ciudad, tanto mayor conocimiento de lo humano, se pensaba, será necesario para operar en ella.” Y más adelante:

 

“ ‘Es casi imposible’, escribe un agente secreto parisino en el año 1798, ‘mantener un buen modo de vivir en una población prietamente masificada, donde por así decirlo cada cual es un desconocido para todos los demás y no necesita por tanto sonrojarse ante nadie’. Aquí la masa aparece como el asilo que protege al asocial de sus perseguidores. Entre sus lados mas amenazadores se anunció éste con antelación a todos los demás. Está en el origen de la historia detectivesca.”[4]

 

El anonimato urbano cubre al asesino y lo oculta. Pero qué sucede en Los Reyunos. También hay encubrimiento, sobre todo de Rosa, testigo del asesinato. Pero el cuento no es citadino, es rural, no hay masa. ¿Qué es lo que dificulta la resolución del caso? En la extensión ahora se reproduce el problema. Tal vez no haya anonimato, tal vez parezca menos compleja la solución. Si disminuimos la población y eliminamos el anonimato, pero aumentamos el espacio, la dificultad subsiste. Hacer de ese espacio sin enigma aparente, no un cuarto cerrado, pero sí depositar un crimen que implique una pesquisa y después, todo se reduce a ver qué sucede, cómo responde el escenario. Benjamin cita a Baudelaire: “¿Que son los peligros del bosque y de la pradera comparados con los conflictos y los choques cotidianos de la civilización? Ya enlace a su victima en el bulevar, ya atraviese su presa en bosques desconocidos, ¿no sigue siendo el hombre eterno, el animal de presa mas perfecto?”[5] Podemos decir que, evidentemente, las argucias del hombre para matar y ocultar sus crímenes son mas sofisticadas que las de las bestias de bosques y praderas, pero es el mismo “hombre eterno” el que también mata en el campo de nuestro cuento. La argucia también llega a la zona rural muy a pesar de que los hombres y mujeres del lugar estén reducidos hasta su animalización. Y no es la crueldad animal de esos “bosques desconocidos” la que brota aquí, sino la del hombre vengativo ante la dominación, la esclavización y la injusticia de un hombre omnipotente: padre, patrón y dueño.

            Lo curioso, y aquí reside la diferencia,  es que no se trata de indagar en la conducta de los hombres, el “conocimiento de lo humano” en la ciudad populosa, como observa Benjamín. No es el estudio de una conducta, una tipología y una psicología criminal lo que lleva a la resolución del caso. Es la conducta animal, lo que interesa. Si se descubre su lógica de funcionamiento, se elucida el caso. La naturaleza señala el crimen. Lo demás es trabajo humano: “La habilidad y el acierto de los operarios, o el azar, produce un boquete que, disipado el polvillo flotante, pone al descubierto un hormiguero viviente, encarnizado en el cuerpo humano enmurado” (LR, 466). Así, lo humano se torna sin importancia para el investigador. Las revelaciones de las hormigas y el cadáver devalúan sus causas. Que la Carlina haya sido la gota que derramó el vaso y que, en consecuencia, el Cholo sea el asesino es ya una carga administrativa. En indirecto libre, los pensamientos del pesquisador: “Queda tanto por hacer: Aprehender al Cholo, obtener su confesión, completar las actuaciones… Sin embargo, el investigador se abstrae y, por una vez, se ocupa sólo de sí mismo.” (LR, 467)

 

Para concluir, menciono a modo de epílogo un relato de Alfredo Ebelot llamado “El rastreador”, incluido en su libro La Pampa.[6] Allí, el ingeniero francés contratado por Adolfo Alsina, ministro de guerra del presidente Nicolás Avellaneda, para construir kilómetros de zanja que separaran a la “civilización” de los indios, cuenta cómo un “rastreador” descubre a un asesino con métodos parecidos al cuento de Di Benedetto. Luego de hallar el caballo del criminal “el rastreador se valió entonces de un ardid de guerra. Ensilló y enfrenó el caballo del asesino. En adelante iban dos en busca de su casa: el jinete guiado por el rastro, el caballo que husmeaba la querencia” (LP, 22). Al llegar al rancho, se oye al reo: “- Estoy perdido –dijo simplemente, y sin ambages ni reticencias, abrumado por la evidencia, lo confesó todo” (LP, 23). El rastreador, cuenta con la ventaja del conocimiento del lugar. Pero curiosamente, su sabiduría sobre el terreno no es lo que resuelve el caso, sino el conocimiento de los animales, como el conocimiento del detective de que hay hormigas carnívoras, como el conocimiento del niño de que Leal buscaría a su patrón de saberlo vivo.

            Ebelot se lamenta de nuestra pérdida de sentido común por el exceso civilizatorio: “hemos perdido en ello una porción de sentidos delicados, perspicaces, infalibles, que han conservado las palomas, los caballos, los salvajes, seres todos que llamamos brutos, de puro engreídos por la refinación y embotamiento de nuestro organismo” (LP, 23). Esa simplicidad celebrada en Ebelot y expuesta en su amplitud en Di Benedetto requiere para esto una intrincada búsqueda y reflexión formal que se vislumbra en el acto de llevar el método de exposición de los casos artificiosamente en un recorrido hasta la espontaneidad. Lograr que la operación narrativa de construir un policial en un área que no pareciera fértil para tal efecto, se manifieste sola, hasta su final natural, como un aguacero. Allí reside este arte, esta forma de contar a los animales, de hacerlos historia.



[1] Antonio Di Benedetto, “Los reyunos”, en Cuentos completos, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2006, pp. 459-467. En adelante, LR y se indica el número de páginas.

[2] Una fracción de la Unión Cívica Radical se quejaba del autoritarismo y “personalismo” del presidente Hipólito Yrigoyen y formaron una oposición interna: los “antipersonalistas”, entre los que estaban varios de los miembros del gabinete de M. T. de Alvear.

[3] La referencia más directa a Poe -presente como antecedente del relato policial- es claramente el cadáver enmurado, como en El barril de amontillado.

[4] Walter Benjamin, “El ‘flâneur’”, en Iluminaciones, trad. de Jesus Aguirre, t. II, Taurus, Madrid, 1998, p. 55.

[5] Idem, p. 54.

[6] Alfredo Ebelot, La Pampa, EUDEBA, Bueno Aires, 1961, pp. 17-23. (LP)