| bellos cadáveres con una nota al lado. borges y los finales literarios de la tradición latinoamerica |
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| de Francisco Carrillo Martín | |
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“¡Por Alá, no la mataré hasta que conozca completamente el final de esta interesante historia!” Las mil y una noches
Dos relatos de Borges, ambos incluidos en Artificios, delimitan las líneas maestras de un escueto recorrido por los “finales” más tradicionales de las letras latinoamericanas. El primero es, obviamente, “El fín”. Su comienzo: “Recabarren, tendido, entreabre los ojos…” marca la toma por asalto del Martín Fierro, que a partir de este despertar se encuentra con un final impuesto por mano ajena. El Martín Fierro que le gusta a Borges, el que leemos en su cuento, termina con la vengativa muerte del gaucho en un duelo a muerte, fulminado por un cuchillo que recompone la justicia épica que le falta al relato de Hernández: Martín Fierro debe morir en su propia ley. El otro de los relatos es “El Sur”, donde un alter ego de Borges por razones de linaje, Juan Dahlmann, nieto de un pastor evangélico y de un infantero caído en las campañas contra los indios (Borges siempre presumió de su confluencia genética, síntesis de lo argentino, entre sus antepasados guerreros y los literarios) acepta el reto a cuchillo de un borracho que poco antes le ha arrojado una bolita de pan. La certidumbre de su derrota se advierte como una muerte liberadora: “esta es la muerte que hubiera elegido o soñado”, aclara el narrador. De esta manera, “El fin” y “El Sur” se convierten en títulos sinónimos: el Sur se destaca como un fin, un confín, escenografiado en el insólito almacén que presencia el duelo a muerte de Dahlmann o en la pulpería donde Martín Fierro se cita con el negro. Ambos relatos intercambian así sus coordenadas, la temporal de “El fin”, que es la muerte aplazada de Martín Fierro desde su escritura, setenta años antes, y la espacial de “El Sur”, esa frontera que cruza Dahlmann en su viaje en tren hacia la estancia de los abuelos (“Y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al sur”). En una pulpería de la pampa, Borges reúne y define los finales literarios más persistentes de una tradición narrativa latinoamericana empeñada en un viaje circular entre la frontera y la muerte. El célebre “Y se los tragó la selva”, con el que concluye La Vorágine, no es más que el anticipo de otros sures, otras fronteras abiertas a la conquista literaria. La selva de José Eustaquio Rivera, el llano de Rómulo Gallegos o el universo de Misiones para Quiroga, límites naturales al empuje modernizador, se transforman, con la llegada de la televisión y del automóvil, en La Comala de Juan Rulfo o La Santa María de los Venados de Carpentier, relatos donde se constata la imposibilidad del viaje al lugar inexplorado, acusaciones contra una modernidad que se extiende y asfixia. En Pedro Páramo o en Los pasos perdidos, la única frontera posible, el último confín, es el que habita dentro del hombre. Entre los primeros escritores, conquistadores a machete, enfermos de malaria, y los segundos, oficinistas turbados frente al escritorio, transitan los dos relatos de Borges. La épica de estos últimos reconoce una barbarie tan despiadada como la de Quiroga, pero su violencia se vuelve purificadora, capaz de redimir al hombre moderno a través de una muerte heroica por elemental. Los finales a los que nos referimos inauguran un sentido, representan el comienzo de algo; de algún modo, la muerte que aparece en ellos nos acerca a la poesía mística en sus ansias por hallar una revelación. En este camino ascendente conviene atender algunas instrucciones: la primera es que esta muerte literaria habita y prolifera en los espacios precarios, siempre fronterizos, de las alucinaciones de un borracho, las pesadillas de quienes no duermen o las imágenes postreras de la agonía. El límite entre la vida y la muerte se convierte así en el lugar del relato y del ensueño: el del final imposible del Martín Fierro en esa apoteosis del apócrifo que es “El fin”; el de la muerte inalcanzable, delirante, de Dahlmann, que recorre su viaje al sur sin moverse de la cama de un hospital. Su relato cuenta el fogonazo de luz, la visión instantánea que precede al último estertor. Las anteriores no serán las únicas instrucciones que deba seguir el lector. En medio de unas narraciones enigmáticas, el intérprete se enfrenta a diversas pruebas que marcan su lugar en el relato, ya sea como lector audaz, el que sigue la pista y accede a la revelación, o como lector burlado, el que fracasa, el que cae en la trampa. Las obras de Borges o Rulfo, maestros de la pista falsa, son piezas que, más que leerse, se releen, pues la revelación sólo se gana como premio a la sagacidad. El lector recorre así un camino de ascensión paralelo al del protagonista del relato, donde la muerte, como una explosión de sentido, logra escapar del propio texto e instalarse en el espacio de la lectura. Lector y protagonista deben llegar a la última palabra exhaustos, porque se les acaba la vida o el relato y, a la vez, renovados por un descubrimiento postrero. * A pesar de la energía de este intercambio de papeles, en el juego entre la muerte y la letra aún se puede dar un paso más allá que el de provocar el desconcierto o la iluminación del lector. En este último escenario ya no juegan los lectores sorprendidos, ni quien paga con su vida el precio de la revelación es un personaje de ficción como Dahlmann. Aquí es el propio escritor quien se inmola, convertido en mártir. El suicidio ejemplar o los progresos de una enfermedad fatal, detallada en la página, tienen el poder de transformar al texto en testamento, en una última voluntad del agonizante que debemos respetar. También el de convertir al escritor en personaje, seducido por su obra, abducido por ella. Un obituario de suicidas ilustres nos situaría frente a una lista larguísima de nombres célebres. De entre ellos, la literatura cubana ha hecho de este modelo todo un género: el del sacrificio por la causa nacional y literaria. Desde José María Heredia, fundador de este linaje, anotamos episodios trágicos como el ataque de risa que acaba con Julián del Casal o el sacrificio guerrero del padre de la patria y profeta José Martí. La nómina se remonta hasta la actualidad, gracias a figuras como Reinaldo Arenas o Severo Sarduy, a quienes los estragos del SIDA les elevan a mártires de una obra literaria convertida hagiografía. El último de esta saga de escritores, aún vivo, se llama Antonio José Ponte, quien ya ha sufrido por las calles de La Habana todo un vía crucis bíblico. Lean sus libros si precisan de más detalles. En estos casos la frontera se sitúa fuera del texto. El “sur” metafórico ya no es una línea marcada sobre una geografía ficcional e inhóspita, sino un abismo personal al que el autor se asoma y, como acto final, se arroja. La revelación nos consta por escrito: son las propias palabras que integran la obra-legado, lugar donde la muerte alumbra los sentidos de una escritura que se inicia después de ella. El autor se sacrifica para poder decir, para que su obra se cargue de razones; descubre así las insuficiencias del espacio de la ficción, incompleto sin una acción autobiográfica que lo afirme: teoría y práctica del body art, performance total. El autor pacta con el diablo y a éste sólo se le ocurre convertirle en parte del texto, hacerle su protagonista. * De vuelta a “El Sur”, conviene que nos detengamos en un detalle. Mientras Dahlmann sostiene su volumen de las Mil y una noches, un batiente roza su cara; la pequeña herida le provocará una infección fatal. Enseguida la enfermedad le sume en el delirio, permitiendo que el relato que porta lo engulla, se lo trague: a partir de entonces Dahlmann deja de ser persona y se transforma en personaje. El libro de las Mil y una noches vuelve a aparecer unos párrafos después acompañando a nuestro protagonista en su ensueño, primero en el tren que lo lleva al sur y luego en la pulpería donde encontrará su muerte. Por entonces parece claro que las aventuras que recita Sherezade ejercen de correlato de la historia de Dahlmann: mientras Sherezade cuenta para postergar su sentencia, diluirla en la eternidad del relato, nuestro hombre se encamina a una muerte literaria que detenga en un momento extático e infinito su último aliento. El gesto de Sherezade, esa obstinación de la princesa por narrar historias que aplacen su condena, resume la lucha que emprende todo relato contra la muerte o el olvido, conjurados con cada lectura. Como asevera Joseph Cartaphilus en “El inmortal”, otro cuento de Borges: “Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo, sólo quedan palabras”, unas palabras inmortalizadoras cuyo precio, la vida de su protagonista, está fijado de antemano.
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