Ciempozuelos. Polígono Industrial de la Sendilla Imprimir
de Vicente Luis Mora   

Me alegro de volver a verle. Veo que al final ninguno de los dos terminó yéndose a Hábitat a vivir. Quizá nos arrepintamos, ¿no cree? Yo no lo tengo claro. El hecho de vivir en esta ciudad, siquiera de forma temporal, no es menos inconveniente para mis nervios. Ya se lo dije: soy investigador, un metódico, un lógico deductivo, y aparto de mi cabeza posibilidades irracionales, por estructura mental y por la necesidad de dormir bien por las noches. Desde que vivo en Madrid duermo fatal. Y más después de lo que ha pasado, después de nuestra investigación. Digo nuestra porque ya me da la impresión de que usted las hace conmigo, usted me acompaña en cada interrogatorio, en cada búsqueda o en cada disfraz; porque usted es mi disfraz. Me hace pasar por alguien que no soy, por un detective de lo místico, lo inexplicable o lo simplemente extraño, no entiendo por qué. Quizá por lo que he dicho antes, porque soy un mero matemático, un perseguidor de conexiones y un recolector de pruebas, y también usted necesita alguien así para no volverse loco. Para quedarse fuera y lejos del fenómeno estudiado y que sea yo quien enloquezca: enhorabuena, va usted por buen camino. Porque esto de la fábrica ya es demasiado, está siendo demasiado para mí. Vengo aquí hoy antes de haber terminado la investigación, en parte porque me supera y desborda, en parte porque la idea de terminar esta investigación es imposible. Ahora le explicaré por qué. Pero desde que oí el mensaje en el contestador telefónico de mi despacho (“Señor Guerra, ya sabe quién soy; por favor, pásese urgentemente por mi residencia, tengo otro caso para usted”), ya sabía que el caso no era tal sino un problema metafísico, una imposibilidad que alguien tendría que desmontar por la vía del sentido común y el método del ensayo y el error, pero comenzó usted con el error: el de elegirme, supongo, porque mis métodos se tambalean –y yo con ellos– a cada nueva investigación que me plantea.

Bien, partamos de lo que usted sabía. Cuando llegué a esta casa, me dio un papel con una mostrenca dirección. Me dijo que en el solar B/38 hay un problema, me aclaró que es una de sus muchas propiedades, situada en los confines de uno de los polígonos industriales del sur de Madrid. El vigilante de la nave se ha marchado sin dar más explicación que esta: no puedo soportarlo, no sé si usted podrá usted hacer algo, a estas alturas. Un lacónico e-mail que me reenvió después a mi cuenta de correo. Vaya y eche un vistazo, me solicitó usted. Es lo que siempre hago: mirar, a veces incluso sin ir. No ponga esa cara, yo me entiendo. Pero esta vez fui. Y miré.

No sabía, antes de acudir a la dirección citada, que usted tenía instalaciones industriales. Pensé que su riqueza, discúlpeme, era heredada; no parece usted el típico tiburón empresarial. Pero las apariencias, lo tengo aún más claro desde que trabajo para usted, sólo son puertas a otros mundos. Al llegar allí me extrañó que, frente a la uniformidad de las demás naves industriales (enormes hangares con tejado a dos aguas, como las casitas aquellas del Monopoly), en su inmensa parcela o solar se alzaba un edificio enorme e informe, mezcla de tubos de metal, paredes, cristales, pasarelas suspendidas y escaleras, que ocupaba todo el ancho del frontal, sin dejar espacio alguno a sus lados. Mientras en los demás solares había un margen lateral para almacenamiento de mercancías o aparcamiento, su edificio monstruoso, que parecía un tente mutante asediado por tenias metálicas, no dejaba resquicio a uno y otro lado, y sólo había un par de metros libres desde la verja de entrada hasta lo que parecía la puerta principal, que resultó ser, en realidad, la única puerta. La conformación –porque no puedo llamarla estructura– era de una altura notablemente superior a las demás, y su color predominante, quitando las zonas metalizadas, era el blanco. No había una forma definida de base, una figura dominante, aunque los cubos albinos, a modo de pequeñas habitaciones que surgían de la tripa estática del edificio, se reduplicaban trocándose en formas rectangulares o trapezoidales. No había humo ni se veía luz desde el exterior cuando llegué, aunque lo cierto es que el edificio desprendía un tremendo ruido fabril.

Cuando entré me pareció penetrar no en una amplia instalación, en la típica nave industrial, pensada para que sobre espacio, sino más bien en un submarino, una catacumba o una nave espacial, habitáculos destinados a que falte espacio, o a que todo el espacio sea consumido y aprovechado, dejando para el hombre los huecos imprescindibles para el movimiento. La puerta de entrada (y de salida), se iba estrechando conforme entraba, de modo que a los pocos minutos, tras subir alguna escalera y torcer en un par de pasillos, estaba totalmente desorientado. Voy a decir que no encontré jamás a nadie dentro de la fábrica, a sabiendas de que a usted no va a sorprenderle, como ahora compruebo. Sin embargo, el hecho de carecer de operarios o mantenedores no empecía el funcionamiento constante de la instalación, más bien parecía incentivarla, como si dependiera su funcionamiento de que todos y cada uno de los aparatos estuviesen a pleno rendimiento, como si la derrota o sumisión o detención de alguno pudiera producir un efecto sistémico que paralizara al conjunto por completo. No pasó entonces y tengo la certeza, que le comunico, de que no está pasando ahora. La fábrica sigue funcionando al tope de su capacidad. Usted me mandó allí para ver que sucedía, y lo que sucede es algo que, efectivamente y como decía el antiguo vigilante, ya no puede pararse a estas alturas. La fábrica fabrica fábrica; quiero decir que en su propiedad hay una instalación industrial cuyo único objeto es autofabricarse, ampliarse, desarrollarse, añadir cubos blancos, pantallas, cables y pasarelas al informe conjunto total; cuando topó con los topes del solar, empezó a crecer hacia el fondo y contra el frontal, asfixiando la entrada y eliminando los márgenes previstos para la entrada de vehículos. De modo que sólo queda el crecimiento vertical; le doy cinco años para que su fábrica supere a esa torre de 512 metros que acaba de levantarse en Dubai, así que vaya haciendo los trámites en Gerencia de Urbanismo de licencia de rascacielos si no quiere encontrarse con problemas añadidos.

Me hará preguntas lógicas, como de qué se alimenta la fábrica, si nadie trabaja dentro ni se pueden introducir materias primas, gasolinas o cables nada más que por la puerta, y usted no las está haciendo llegar. No lo sé. Tras recorrer decenas de veces la instalación, he tenido que llegar a la conclusión, sobre todo para seguir cuerdo, de que la misma fábrica genera, en alguno de sus pasillos perdidos, componentes a partir de depósitos antiguos o subterráneos, o que ha podido crear mecanismos de hurto que, a modo de arbotantes robóticas o brazos articulados inteligentes, roban materiales de las naves industriales cercanas. En el polígono han desaparecido últimamente varios coches, no sé qué pensar. Antes le dije que el funcionamiento es constante, pero eso no es del todo cierto: cada tres noches se produce una reducción del ritmo y la fábrica entra en una especie de hibernación parcial; los contadores se ponen al mínimo, la potencia de los grupos electrógenos remite, cesan las emisiones exteriores de humo, las luces palidecen y la intensidad de las pantallas se atenúa. Una de esas noches me sentía tan cansado que me apoyé en la pared de una cabina llena de sensores, quedándome dormido; le juro que antes de cerrar los ojos me pareció que los cables adheridos a la pared hacían una especie de bolsa y me acogían con suavidad. Me despertó un silbido tenue y femenino, a la vez que se encendían las luces de un pasillo cercano, como invitándome a seguir mi investigación. A los pocos minutos la fábrica recobraba su rendimiento máximo. En la garita del vigilante fugado encontré un cuaderno de notas; en él se describían unas extrañas nevadas súbitas que se producían en el interior de la fábrica todos los días 14 del mes; aunque he estado allí un par de veces en esas fechas, no he podido comprobar la veracidad del dato. Tampoco la confusa mención a una figura azul y rodante, que parece habitar las pasarelas superiores. He intentado tomar contacto con el ex vigilante, pero al parecer se ha marchado del país. Creo imaginar por qué.

Me voy, creo que con este informe tiene usted suficiente, sólo en el sentido de que nunca tendrá suficiente, con respecto a esta fábrica inquietante, que pronto hará de las afueras de Madrid un lugar esotérico. Tengo que ir a mi casa de campo, donde tengo al pequeño cubo. Ah, no se lo he dicho. Tras una de mis cabezadas en las bifurcaciones de pasillos de su fábrica, algo o alguien introdujo en mis bolsillos un pequeño cubo blanco. Parecía inmóvil, pero si te lo acercas al oído emite un pequeño ruido, y genera una débil vibración si lo acercas a una fuente de agua. Lo llevé a mi jardín, y lo puse entre la boca de la manguera y la casita del perro.

En tres días ha crecido veinte centímetros.