| ¿está bien ser ludita? |
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| de thomas pynchon | |
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Como si estar en 1984 no fuera suficiente, también es el 25 aniversario de la famosa conferencia en Rede de C. P. Snow «Las dos culturas y la revolución científica», famosa por su advertencia de que la vida intelectual en occidente se estaba polarizando entre la facción «literaria» y la «científica», cada una condenada a no entender ni apreciar a la otra. La conferencia estaba destinada en origen a tratar asuntos tales como la reforma curricular en la era del Sputnik y el papel de la tecnología en el desarrollo de lo que pronto se conocería como el tercer mundo. Fue la formulación de las dos culturas lo que atrajo la atención del público. De hecho provocó una sorprendente disputa en su tiempo. A una idea que era bastante simplista en origen, se le hicieron subsiguientes reducciones, provocando ciertos comentarios, epítetos, incluso impetuosas contrarréplicas que le confieren a todo el asunto, aunque atenuado por las nieblas del tiempo, un aire bastante crispado. Hoy nadie se saldría con la suya haciendo tal distinción. Desde 1959, vivimos entre torrentes de datos más vastos de lo que se haya visto nunca. La desmitificación está a la orden del día, por todos lados saltan liebres y empiezan a mezclarse. Inmediatamente sospechamos un ego inseguro en aquellos que aún intentan esconderse tras la jerga de una especialidad o echan mano de bases de datos siempre «más allá» del alcance del lego. Cualquiera con tiempo, educación, y tras pagar una tarifa de acceso puede hacerse con casi cualquier conocimiento especializado que pueda necesitar. De modo que, en ese aspecto, la batalla de las dos culturas no puede seguir sosteniéndose. Como puede confirmar cualquier visita a una biblioteca local o a un expositor de revistas, hay ahora tantas culturas que el problema es encontrar el tiempo suficiente para leer cualquier cosa al margen de la especialidad propia. Lo que ha persistido, después de un largo cuarto de siglo, es el elemento del carácter humano. C. P. Snow, después de todo con reflejos de novelista, buscó identificar no solo dos tipos de educación sino dos tipos de personalidad. Ecos fragmentarios de viejas disputas, de ofensas no olvidadas producidas en el trascurso de conversaciones en mesas elegantes mucho tiempo atrás, pudieron ayudar a formar el subtexto de la excesiva aunque celebrada afirmación de Snow: «A excepción de la cultura científica, el resto de intelectuales nunca han intentado, querido o sido capaces de entender la Revolución Industrial.» Tales «intelectuales,» la mayor parte de ellos «literarios», eran supuestamente para Lord Snow «luditas naturales.» Excepto quizás el Pitufo Filósofo, es difícil imaginar a alguien hoy en día que quiera que le llamen intelectual literario, aunque no suena tan mal si se amplía la denominación a, digamos, «gente que lee y piensa.» Que te llamen un ludita es harina de otro costal. Hace surgir preguntas tales como: ¿Hay algo en leer y pensar que cause o predisponga a una persona a convertirse en un ludita? ¿Está bien ser un Ludita? Y, al fin y al cabo, ¿qué es un ludita? Históricamente, los luditas florecieron en Gran Bretaña desde aproximadamente 1811 hasta 1816. Eran bandas de hombres, organizados, enmascarados, anónimos, cuyo objetivo era destruir la maquinaria usada sobre todo en la industria textil. Juraban obediencia, no a un rey británico, sino a su propio Rey Ludd. No está claro si se llamaban a sí mismos Luditas, aunque así eran llamados tanto por amigos como por enemigos. El uso que hace C.P. Snow de la palabra tiene intenciones claramente polémicas, pues intenta incluir en ella un miedo y un odio irracionales hacia la ciencia y la tecnología. Bajo esta visión los luditas habían llegado a ser imaginados como contrarrevolucionarios de esa «Revolución Industrial» cuyas modernas versiones «nunca han intentado, querido o sido capaces de entender.» Pero la Revolución Industrial no fue, como las Revoluciones francesa y americana del mismo periodo una lucha violenta con un principio, medio y final. Fue mucho más suave, menos concluyente, más como un pasaje acelerado dentro de una larga evolución. La frase fue popularizada por primera vez hace cien años por el historiador Arnold Toynbee, y ha generado una buena cantidad de atención revisionista, recientemente en la Scientific American de julio de 1984. En ella, dentro de «Raíces medievales de la Revolución Industrial», Terry S. Reynolds sugiere que el papel primigenio de la máquina de vapor (1765) puede haber sido sobre dimensionado. Lejos de ser algo revolucionario, gran parte de la maquinaria que el vapor ponía en marcha había estado usándose durante bastante tiempo, siendo impulsada por el agua de hecho en la Edad Media. En cualquier caso, la idea de una «revolución” tecno-social, tras la cual ganaron poder el mismo tipo de personas que en Francia y América, ha probado ser muy útil durante muchos años, incluso a aquellos quienes, como P.C. Snow, han pensado que con el término «Ludita» descubrieron una manera de llamar a aquellos con los que no estaban de acuerdo al ser reaccionarios desde un punto de vista político y anti-capitalistas al mismo tiempo. Pero el Oxford English Dictionary cuenta una historia muy interesante. En 1779, en un pueblo de Leicestershire, alguien llamado Ned Lud entró a la fuerza en una casa y «en un ataque de furia demente» destrozó dos máquinas de tejer. La noticia cundió. Pronto, siempre que se encontraba un bastidor de hacer medias saboteado —cosas así habían estado sucediendo, dice la Encyclopaedia Britannica, desde 1710 aproximadamente— la gente soltaba la pegadiza frase «Lud debe haber estado aquí.» Para cuando su nombre fue apropiado por los destructores de estructuras de 1812, el Ned Lud histórico había sido absorbido por el más o menos mote sarcástico de «Rey (o Capitán) Lud,» y se había convertido en misterio, eco o sinónimo de humor negro: una presencia más-que-humana, en la noche, deambulando por los distritos donde se hacía calceta en Inglaterra, poseído por un único gag humorístico —siempre que encuentra un bastidor de medias se vuelve loco y se pone a destrozarlo. Sin embargo es importante recordar que el objetivo, incluso del ataque original en 1779, como era el caso de muchas máquinas de la Revolución Industrial, no era una tecnología nueva. La máquina de tejer había existido desde 1589, aproximadamente, cuando, según la sabiduría popular, fue inventada por el reverendo William Lee, por pura vileza. Parece ser que Lee estaba enamorado de una joven que estaba más interesada en tejer que en él. Cada vez que aparecía por su casa. «Perdón, señor cura, tengo que hacer punto.» «Pero, ¿otra vez?» Tras un tiempo, incapaz de lidiar con este tipo de rechazo, Lee, no como Ned Lud en un ataque de furia demente, sino, imaginemos que, de manera lógica y fría, juró inventar una máquina que dejase la fabricación a mano de calceta obsoleta, y así lo hizo. Según la enciclopedia, la estructura del clérigo rechazado «era tan perfecta en su concepción que siguió siendo el único medio mecánico para tejer durante cientos de años.» Bien, teniendo en cuenta el espacio de tiempo transcurrido, es evidente que no es fácil pensar que Ned Lud fuese un loco tecnófobo. Sin duda, por lo que la gente lo admiró y lo mitificó, fue por la fuerza y resolución del ataque. Pero las palabras «ataque de furia demente» son de tercera mano y al menos 68 años posteriores al hecho. Y la furia de Ned Lud no estaba dirigida contra las máquinas, eso no es exacto. Me gusta creer que se trató más del tipo de furia controlada, como de artes marciales, de un camorrista redomado. Hay una gran tradición popular de esta figura, el Camorrista. Normalmente es masculino, y aunque a veces se gana la burlona tolerancia de las mujeres, es casi universalmente admirado por los hombres debido a dos virtudes básicas: es Malo y es Grande. Malo no significa aquí moralmente maligno, no necesariamente, sino capaz de crear problemas a gran escala. Lo importante aquí es la amplitud, la multiplicación del efecto. Las máquinas de tejer que provocaron los primeros disturbios luditas habían dejado a gente sin trabajo durante dos siglos. Todo el mundo lo vio, formó parte de la vida diaria. También vieron cómo las máquinas, cada vez más, pasaban a ser propiedad de hombres que no trabajaban sino que sólo poseían y contrataban. No hizo falta ningún filósofo alemán, por aquel entonces o más tarde, para señalar lo que aquello afectaba, había estado afectando, en los salarios y los trabajos. El sentimiento público hacia las máquinas nunca pudo haber sido horror irracional, sino algo probablemente más complejo como el amor/odio que crece entre humanos y maquinaria —sobre todo cuando ya llevan un tiempo entre nosotros—, por no hablar del grave resentimiento hacia al menos dos hechos multiplicadores de efecto que eran percibidos como injustos y amenazantes. Uno era la concentración de capital que cada máquina representaba, y el otro era la habilidad de cada máquina de dejar sin trabajo a un número determinado de humanos —de «valer» ese número de almas humanas. Lo que le confirió al Rey Lud su particular Mal carisma, lo que lo llevó de ser un héroe local a enemigo público nacional, fue que marchó contra estos oponentes amplificados, multiplicados, más que humanos y venció. En tiempos difíciles, cuando nos sentimos a merced de fuerzas muy poderosas, ¿acaso no, al buscar algún ecualizador, buscamos, aunque sólo sea en la imaginación, en el deseo, al Camorrista —el djinn, el gólem, el gigantón, el superhéroe— que hará frente a aquello que, de otra forma, nos aplastaría? Por supuesto, la destrucción real o secular de estructuras continuaba siendo llevada a cabo por gente cotidiana, sindicalistas adelantados a su tiempo, que usaban la noche, y su propia solidaridad y disciplina, para conseguir su propia multiplicación del efecto. Era una guerra de clases a los ojos de todos. El movimiento tenía sus aliados parlamentarios, entre ellos Lord Byron, cuyo primer discurso en la Cámara de los Lores en 1812 hizo frente de manera compasiva a una propuesta de ley que proponía, entre otras medidas represoras, hacer que la destrucción de máquinas fuera delito de muerte. «¿No te hayas cercano a los luditas?» le escribió a Thomas Moore desde Venecia. «¡Por Dios! Si hay una lucha, estaré con ellos. Adelante los tejedores, los destrozadores de bastidores, los luteranos de la política, los reformistas». E incluye una «canción amable», que resulta ser un himno ludita tan enardecedor que no fue publicado hasta después de la muerte del poeta. La carta está fechada en diciembre de 1816: Byron había pasado el verano anterior en Suiza, aislado por un tiempo en la Villa Diodati con los Shelley, contemplando la lluvia caer, mientras se contaban historias de fantasmas. Por aquel diciembre, daba la casualidad que, Mary Shelley trabajaba en el capítulo cuarto de su novela «Frankestein, o el moderno Prometeo.» Si hubiese un género tal como la novela ludita, esta, que avisa de lo que puede ocurrir cuando la tecnología, y aquellos que la practican, se desboca, sería la primera y de las mejores. La criatura de Victor Frankestein también, seguramente, puede ser considerada como un Camorrista literario de primera categoría. «Decidí…,» nos cuenta Victor, «crear un ser de estatura gigantesca, es decir, de unos ocho pies de altura, y proporcionalmente enorme,» lo cual vale por Grande. La historia de cómo llegó a ser tan Malo es el corazón de la novela, oculto en lo más profundo de ella: contado a Victor por la propia criatura en primera persona, posteriormente incrustado en la propia narrativa de Victor, que a su vez está alojada en las cartas del explorador ártico Robert Walton. A pesar de que gran parte de la longevidad de «Frankestien» se debe al no suficientemente elogiado genio de James Whale, quien la trasladó al cine, aún hoy, su lectura, sigue mereciendo mucho la pena, tanto por las razones por las que generalmente leemos novelas, como por el asunto mucho más limitado de su valor ludita; esto es, por su intento, a través de medios literarios que usan de la nocturnidad y el camuflaje, de negar la máquina. Tomen, por ejemplo, el relato de Victor de cómo ensambla y anima a la criatura. Es, por supuesto, un poco vago en los detalles, pero se nos ofrece un procedimiento que paree incluir la cirugía, la electricidad (aunque nada que ver con las extravagancias galvánicas de Whale), la química, e incluso, con oscuras insinuaciones a Paracelso y Alberto Magno, la aún recientemente desacreditada forma de magia conocida como alquimia. Lo que está claro, sin embargo, a pesar del usual detalle del Tornillo en el Cuello con el que se le representa, es que ni el método ni la criatura resultante son mecánicos. Esta es una de varias similitudes curiosas entre «Frankestein” y un cuento anterior de un Malo Grandote, «The Castle of Otranto» (1765), de Horace Walpole, que a menudo se considera como la primera novela gótica. En primer lugar, ambos autores, al presentar sus libros al público, no usaron su propia voz. El prefacio de la obra de Mary Shelley fue escrito por su marido, Percy, quien se hacía pasar por ella. Walpole, por otro lado, inventó toda una historia sobre la publicación de su libro, asegurando que era una traducción de un texto medieval italiano. Sólo en el prefacio a la segunda edición admitió su autoría. Las novelas tienen también un sorprendente origen nocturno. Ambas fueron el resultado de episodios de sueño lúcido. Mary Shelley, aquel verano de historias de fantasmas en Ginebra, mientras intentaba dormir una noche, contempló de repente a la criatura cobrar vida; las imágenes surgieron en su mente «con una viveza más allá de los límites normales de la ensoñación.» Walpole se despertó de un sueño, «del que todo lo que podía recordar fue que creí estar en un vetusto castillo… y que en la balaustrada más alta de una gran escalera vi una enorme mano en armadura.» En la novela de Walpole, esta mano resulta ser la de Alfonso el Bueno, anterior Príncipe de Otranto y, a pesar de su epíteto, Camorrista residente del castillo. Alfonso, como la criatura de Frankestein, está formado por piezas –yelmo con plumas, pie, pierna, espada, todas ellas, como la mano, de un tamaño bastante grande– que caen del cielo o simplemente se materializan aquí y allá por los entornos del castillo, de manera tan implacable como el lento retorno de lo reprimido de Freud. Las agencias activadoras, de nuevo como en Frankestein, no son mecánicas. El ensamblaje final de «la forma de Alfonso, dilatada hasta una magnitud inmensa,» se consigue por medio de medios sobrenaturales: una maldición familiar, y la intercesión del santo patrón de Otranto. La locura por la ficción gótica que vendría tras «The Castle of Otranto» estaba basada, sospecho, en profundos anhelos religiosos por ese tiempo mítico anterior que había llegado a conocerse como la Edad de los Milagros. De manera más o menos literal, la gente del siglo XVIII creía que tiempo atrás todo tipo de cosas habían sido posibles pero que ya no lo eran. Gigantes, dragones, conjuros. Las leyes de la naturaleza no habían sido formuladas de manera tan estricta entonces. Lo que en una ocasión había sido obra de verdadera magia, con la Edad de la Razón, degeneró en mera maquinaria. Los oscuros molinos satánicos de Blake representaban una magia antigua que, como Satán, había caído de la gracia. Mientras la religión cada vez se secularizaba más degenerando en deísmo y ateísmo, continuaba la permanente ansia humana por la evidencia de Dios y un más allá, por la salvación –y a ser posible, la resurrección del cuerpo. El movimiento metodista y el Gran Despertar Americano fueron tan solo dos sectores en un amplio frente de resistencia a la Edad de la Razón, un frente que incluía el radicalismo y la masonería así como a los luditas y la novela gótica. Cada uno a su manera expresaba la misma profunda reticencia a abandonar elementos de fe, aunque «irracionales,» ante un orden emergente tecnopolítico que muy bien podía no saber lo que estaba haciendo. «Gótico» se convirtió en sinónimo de «medieval», que a su vez ha seguido siendo sinónimo de «milagroso,» incluyendo desde los pre-rafaelitas, el tarot de principios de siglo, la ópera espacial en las novelas comerciales y los cómics, hasta «La guerra de las galaxias» y los cuentos contemporáneos de brujería y espada. El insistir en lo milagroso es negarle a la máquina al menos algunas de sus reivindicaciones sobre nosotros; es reafirmar el limitado deseo de que los seres vivos, terrenales o no, pueden en ocasiones transformarse en lo suficientemente Grandes y Malos como para tomar parte en actos transcendentales. Por esta teoría, por ejemplo, King Kong (¿-1933) es el clásico santo ludita. El diálogo final de la película, seguro que lo recuerdan, dice: «Bueno, los aviones lo cazaron.» «No… fue la bella la que mató a la bestia.» En la que de nuevo encontramos la misma Disyunción Snoviana, solo que diferente, entre lo humano y lo tecnológico. Pero si insistimos en violaciones ficticias de las leyes de la naturaleza —del espacio del tiempo, de la termodinámica, y de, la mayor de todas, la propia mortalidad— entonces nos arriesgamos a ser juzgados por la corriente literaria dominante como Insuficientemente Serios. El ser serios en estos temas es algo en los que los adultos se han distinguido tradicionalmente de los niños, tan confiados en su inmortalidad, con los que tienen que tratar. Al volver la vista a «Frankestein,» que escribió con 19 años, Mary Shelley dijo, «Le tengo afecto, pues fue el vástago de días felices, cuando la muerte y la pena eran palabras que no encontraban resonancia en mi corazón.» La actitud gótica en general, al usar imágenes de muerte y de supervivencia fantasmal con un fin no más responsable que los efectos especiales y los sustos facilones, fue juzgada como no Seria y fue confinada a su gueto de la ciudad. No es el único barrio en la gran Ciudad de la Literatura que está tan, digamos, bien definido. En los westerns los buenos siempre ganan. En las novelas románticas el amor puede con todo. En las novelas de crímenes, el asesinato es un pretexto para un acertijo lógico, y casi nunca es un acto irracional. En la ciencia ficción, donde mundos enteros pueden ser generados a partir de un simple conjunto de axiomas, las ligaduras de nuestro mundo diario son rutinariamente trascendidas. En cada uno de estos casos nos sentimos sabios. Decimos: «Pero el mundo no es así.» Estos géneros, al insistir en lo que es contrario a los hechos, dejan de ser lo suficientemente Serios, de modo que son subrayados con rojo bajo la etiqueta «escapistas.» Esto es especialmente desafortunado en el caso de la ciencia ficción, donde en la década posterior a Hiroshima se produjo uno de los mayores florecimientos de talento literario y, a menudo, genio, de la historia. Fue tan importante como el movimiento Beat que le fue paralelo, ciertamente más importante que la literatura establecida, que con muy pocas excepciones se vio paralizada por el clima político de la guerra fría y los años de McCarthy. Además de ser casi una síntesis ideal de las Dos Culturas, la ciencia ficción también pasa por ser uno de los refugios fundamentales, en nuestros días, de aquellos de fe ludita. Alrededor de 1945, el sistema de fábricas —que, más allá de cualquier maquinaria en concreto, era el resultado autentico y mayor de la Revolución Industrial— se había extendido hasta incluir el Proyecto Manhattan, el programa de cohetes de largo alcance alemán y los campos de concentración como Auschwitz. No hacía falta un don especialmente profético para ver cómo estas tres curvas de desarrollo convergerían de forma plausible en poco tiempo. Desde Hiroshima, hemos visto cómo las armas nucleares han proliferado sin control, y los sistemas de lanzamiento adquieren, con propósitos globales, un rango de alcance y una precisión sin límites. La aceptación sin pestañear de un holocausto que resulte en un recuento de 7 u 8 cifras ha llegado a ser —entre aquellos que, en particular desde 1980, han estado guiando nuestra política militar— algo convencional. Para los que escribían ciencia ficción en los 50, nada de esto era una sorpresa, aunque las imaginaciones luditas modernas tienen que elaborar aún un bicho lo suficientemente Grande y Malo, incluso en las más irresponsables de las ficciones, que pueda contrarrestar lo que pasaría en caso de guerra nuclear. Así, en la ciencia ficción de la Era Atómica y la guerra fría, vemos cómo el impulso ludita de negar a la máquina toma una dirección diferente. El ángulo instrumental quedó aminorado a favor de preocupaciones más humanísticas —evoluciones culturales exóticas y escenarios sociales, paradojas y juegos con el espacio/tiempo, cuestionas filosóficas extravagantes— la mayoría de las cuales comparten, como la literatura crítica ha discutido ampliamente, una definición de lo «humano» particularmente distinta de la «máquina.» Como sus homólogos anteriores, los luditas del siglo 20 miraron hacia atrás con nostalgia hacia otra época —curiosamente a la Edad de la Razón que había forzado a los primeros luditas hacia una nostalgia de la Edad de los Milagros. Pero ahora vivimos, así nos dicen, en la Edad de la Informática. ¿Cuáles son las perspectivas para la sensibilidad Ludita? ¿Atraerán las CPUs la misma atención hostil que en una ocasión atrajeron las máquinas de tricotar? Lo dudo mucho. Escritores de todo pelo corren a comprarse procesadores de textos. Las máquinas se han vuelto tan fáciles de usar que incluso el más recalcitrante ludita puede ser tentado a dejar el viejo mazo a un lado y en su lugar darle golpes unas teclas. Más allá de esto parece haber un consenso en que el saber es de verdad poder, que hay una conversión bastante directa entre dinero e información, y que de algún modo, si se logra la logística necesaria, aún se pueden producir milagros. Si esto es así, puede que finalmente los luditas pisen el mismo terreno que sus adversarios snovianos, ese alegre ejército de tecnócratas que se suponía tenía el «futuro en su sangre.» Puede que sea una ambivalencia ludita perenne con respecto a las máquinas, o puede que sea que el deseo milagroso ludita más profundo ahora reside en la habilidad del ordenador de ofrecer los datos correctos a aquellos que pueden hacer el mayor bien con ellos. Con el correcto despliegue de presupuesto y tiempo informático, curaremos el cáncer, nos libraremos de la extinción nuclear, tendremos comida para todo el mundo, limpiaremos los resultados de la avidez industrial desbocada— realizaremos todas las quimeras de nuestros días. La palabra «ludita» continúa aplicándose con desprecio a cualquiera que dude de la tecnología, sobre todos los que dudan de la nuclear. Los luditas de hoy ya no se enfrentan a propietarios de fábricas y a máquinas vulnerables. Como el conocido presidente y ludita involuntario, D. D. Eisenhower profetizó cuando abandonó el cargo, hay ahora un sistema de poder permanente de almirantes, generales y consejeros delegados, contra quienes nuestros pobres bastardos están fuera de lugar, aunque Ike no lo dijo así. Se supone que todos debemos seguir tranquilos y dejarlo estar, aunque, debido a la revolución de la información, cada vez es menos posible engañar a alguien en un momento determinado. Si nuestro mundo sobrevive, el próximo gran desafío vendrá —lo han oído aquí antes que en otro sitio— cuando las curvas de la investigación y el desarrollo en la inteligencia artificial, la biología molecular, y la robótica todas converjan. Jo tío. Será increíble e impredecible, e incluso los peces más gordos, esperemos devotamente, serán cogidos en calzoncillos. Es ciertamente algo que todos los buenos luditas han de esperar con anhelo si, Dios mediante, vivimos lo suficiente. Mientras tanto, como americanos, podemos consolarnos, aunque de manera mínima, con la canción tan traviesamente improvisada por Lord Byron, en la que él, como otros observadores de su tiempo, vio una clara identificación entre los primeros luditas y nuestros orígenes revolucionarios. Comienza: Así como los chicos de la Libertad allende el mar Compraron, y barata, su libertad con sangre, Así nosotros; muchachos, nosotros Moriremos luchando, o viviremos libres, ¡Y abajo con todos los reyes menos el Rey Ludd!
Originalmente publicado en la edición del 28 de octubre de 1984 de The New York Times, "Is It OK To Be A Luddite?" Traducido por David Cruz Acevedo |

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