-Hoy no me paro - dijo Pablo.
-Venga, una copa nada más... -invitaron los compañeros de trabajo.
Pero no, Pablo se iba. Pablo volvía a casa reventado, más por los comentarios malintencionados de los compañeros, que por el trabajo.
Enfiló la calle pensando en la cena, en la reconciliación con su esposa, en la cama.
Era un Ford Fiesta Pachá blanco. La puerta del conductor hundida de forma que era difícil imaginar que pudiera abrirse. La ventanilla bajada del todo, y un monedero/cartera de mujer sobre el salpicadero.
Pablo vio la escena al completo. Se paró, estaba dudando si coger aquel monedero o no. Volvió sobre sus pasos tocando con el índice el lateral de su cabeza, simulando que se le había olvidado algo. Dobló sus rodillas buscándose los zapatos para atarse los cordones que ya estaban atados. Había tomado una decisión.
Volvió a enfilar el camino de su casa y al pasar junto al coche miró en otra dirección.
Protegido por las paredes de su modesto apartamento, marcó el ceronoventayuno, y le contestó una voz sin ánimo de solucionar problemas, que le instaba a identificarse y posicionarse. Pablo lo hizo.
- Sí -dijo Pablo-, pues en esa calle hay un Ford Fiesta blanco con la ventana abierta, y una cartera de mujer en el salpicadero. A lo mejor es una paranoia mía, pero creo que es una invitación a la delincuencia.... Perdón... Sí... Prometo no molestar, pero que alguien venga a vigilar ese moneder... Mire usted, si yo hubiese querido me hubiese llevado... Yo no estoy diciendo que yo sea un delincuente en potencia, eso lo ha dicho usted. Yo creo que mis impuestos también deberían servir para protegerme de delinquir... ¿Que no sabe lo que significa delinquir?... Váyase a la mierda -dijo después de haber colgado.
Cortó las patatas finas, para tortilla, y empezó a preparar una ensalada cuando llegó su esposa.
Hubo un beso de bienvenida un tanto turbio y rápido. Pablo pensó que era por lo de ayer, pero ella le besó así por la tormenta que vendría mañana.
Antes de cenar, Pablo puso dos copas de un afrutado que llevaba en el mueble-bar desde navidad. Le tendió una a ella, y esta vez no le habló de la calidad del vino; se dirigió a la ventana y contempló durante unos segundos el paso de la gente que deambulaba sin darse cuenta del manjar que había en el Fiesta. Se le pasó por la cabeza la idea de bajar a coger aquel botín inadvertido.
-¿Te pasa algo? -preguntó Pablo-. Es la segunda vez que entras al cuarto de baño... Sabes que estoy aquí para mimarte. ¿Tienes ganas de vomitar?
-Déjame en paz -dijo Ella, presa de un nerviosismo extraño-. Lo único que quiero es cenar y dormir. Mañana hablaremos.
En ese momento se oyó una explosión que no sonaba a festejo. La habitación tembló. Ella se quedó clavada en el sitio. Temblaba con el tenedor en la mano pero no buscaba explicaciones en la cara de su marido. Él corrió hacia la ventana del salón. Ya había cientos de curiosos anónimos asomados al alféizar de sus viviendas. El Fiesta ya no estaba allí, sólo había un amasijo de metal en su lugar. En la acera se retorcía un señor junto a su perro muerto.
-Un atentado -dijo Pablo-, ha sido un atentado. Llama... No llames, ya lo habrá hecho alguien.
-¿Qué ha sido, un coche blanco...? -preguntó ella disfrazando sus nervios de carnavalesca compostura.
Él afirmó con la cabeza desde la ventana, sin perder detalle a la llegada de ambulancias y efectivos policiales.
Julia bajaba en el ascensor de la oficina pensando en que esto se había acabado. Hablaría con él y le diría que como aventura ya había dado todo lo que tenía que dar de sí. Ensayaba un diálogo mental que casi se traducía en sonidos.
-Nadie me lo ha hecho pasar tan bien como tú, pero esto tiene que acabar. No quiero ni imaginar que mi marido se enterase de algo..., se suicidaría...
En el portal de su oficina se despidió de una compañera que esperaba a que su novio la recogiera.
-¿Quieres que te dejemos en algún sitio?
-No, voy aquí al lado - dijo Julia, y tomó el camino de su casa cuestionándose si merecía la pena renunciar de por vida a su amante en favor del capullo de su esposo.
Era un Ford Fiesta Pachá etcétera, y Julia apenas se lo pensó. Le importaba una mierda todo, y le bastó mirar a ambos lados, ver que nadie la observaba, y decidirse a meter la mano dentro del coche para pedir prestada aquella cartera. Llegó aligerando el paso hasta el portal, y allí comprobó el contenido de la captura.
Era de mujer, eso saltaba a la vista. Nada más y nada menos que noventa euros más calderilla. Un bonobús con seis viajes. Resguardos de la primitiva. Un cupón de la once de hace días y fotos, muchas fotos tamaño carné.
¿Qué coño hacía la foto de su amante en aquel monedero? Había tres fotos suyas. Con más pelo, con menos pelo y patillas, y una en la que aparecía tal y como era actualmente. Junto a esa foto había otras. Fotos de niños, fotos de una mujer, que acompañaban en trances cronológicos a las de él.
Llegó a casa nerviosa, pero confiada en que si su marido la notaba rara lo achacaría a la bronca del día anterior. Olía a tortilla de patatas, y él estaba muy amable. Le preparó una copa de vino y todo.
Su esposo quiso hacer de enfermera. Siempre que se preocupaba por la salud de alguien era porque buscaba una reconciliación pacífica. Ella se puso a la defensiva, tal vez innecesariamente.
-Déjame en paz, lo único que quiero es cenar y dormir. Mañana hablaremos - le dijo. En ese momento se oyó una explosión etcétera.
Se llamaban Juan y Ramón. Estaban de patrulla cuando les dieron aviso de que un tío había llamado notificando no se qué de un coche con un monedero etcétera. Se personaron en el lugar en cuestión.
-Parece que este es el coche - dijo uno de ellos. El otro se asomó al interior y habló por un walkie. Dio el número de matrícula y al instante le contestaron que no había ninguna denuncia con respecto al vehículo.
-Aquí no hay monederos ni nada – dijo uno de los agentes, - pero de todas formas el dueño de este coche se merece un escarmiento.
Las máximas eran que no se podía dejar el coche así, que esto era provocar al delincuente y etcétera.
-Este ha tenido suerte de que no hayan pasado por aquí el Roni o el Carbura. Métele al claxon para que salga el cabrón. Le vamos a comer la oreja, hombre, joder -dijo Juan.
Ramón metió la mitad del cuerpo dentro del coche y tocó el claxon.
De él no quedó apenas nada. Juan atravesó una luna de cristal, y ahora, les hacía compañía a los maniquíes de una tienda de ropa. Un señor paseaba al perro y algo de metralla le acertó a la altura del estómago.
Todos los vecinos se asomaron a las ventanas.
Uno de los sargentos dijo que no hacían falta las unidades especiales, pero aun así se dejaron ver.
-Tenemos un domicilio, y el nombre de un tipo que avisa del atentado -dijo una voz como de robot al otro lado del móvil-. Hay que andar con cuidado, en el apartamento en cuestión puede haber otra bomba.
Cuando llamaron a la puerta, después de un cruce de miradas entre el matrimonio, Pablo se decidió a abrir. Se vio encañonado por seis o siete fusiles de asalto y se abrió de manos. Por un momento sospechó lo que estaba ocurriendo. A los pocos segundos salió Julia con el monedero entre sus manos.
En el piso de al lado lloraba un bebé que probablemente había despertado de su feliz sueño por culpa de la explosión. En el segundo canal estaban poniendo una buena película. En algún lugar remoto pitaba una cafetera anunciando su proceso concluido. En otro piso sonaba una canción que me guardo para mí. Un matrimonio se lavaba los dientes al unísono. Un niño recogía sus juguetes dentro de un tambor de detergente, un padre de familia buscaba el número de la once en el teletexto, y el resto del vecindario se asomaba a la ventana aunque ya no había nada que ver.
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